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Diario Expreso Ecuador

El paradigma de la exclusividad

Las recientes capturas vinculadas al crimen organizado en sectores exclusivos reabren el debate sobre el significado del prestigio y la pertenencia social

El dinero puede comprar muchas cosas; no necesariamente compra decencia

El dinero puede comprar muchas cosas; no necesariamente compra decenciacanva

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Durante décadas, exclusividad fue sinónimo de prestigio, educación, conducta, apellido y cultura. Hoy, sin embargo, las recientes capturas de integrantes del crimen organizado en viviendas de sectores exclusivos y la presencia de familiares de narcotraficantes en colegios, clubes y círculos considerados selectos, obligan a revisar una pregunta incómoda: ¿qué significa realmente ser exclusivo?

La respuesta exige mirar más allá del dinero. Pierre Bourdieu explicó que la distinción social no depende únicamente de la riqueza, sino también del capital cultural: educación, lenguaje, modales, gustos y relaciones que permiten acceder y ser reconocidos en determinados espacios.

El problema aparece cuando confundimos esos códigos con superioridad moral. Una residencia lujosa, un colegio costoso, un club privado o una organización filantrópica pueden representar prestigio, pero ninguno es por sí mismo, un certificado de integridad. El dinero puede comprar acceso; no necesariamente compra decencia, cultura, ética, ni ciudadanía.

La paradoja de los espacios exclusivos

Bourdieu advertía que el gusto puede convertirse en una frontera simbólica que clasifica a las personas entre refinadas y vulgares, exitosas y fracasadas. Así, ciertas ventajas sociales parecen superioridad natural.

Surge una paradoja: sociedades obsesionadas con la exclusividad descubren que algunos de sus espacios más selectos fueron permeados por personas cuyo patrimonio o influencia provenían de actividades ilícitas.

La verdadera exclusividad debería ser otra cosa. No la capacidad económica para entrar, sino la calidad humana para pertenecer. No el apellido que abre puertas, sino la conducta que justifica mantenerlas abiertas.

También debemos preguntarnos: ¿qué estamos premiando? Si admiramos el lujo sin preguntar por su origen y confundimos poder con mérito, y éxito económico con legitimidad, construimos una cultura donde la apariencia vale más que la trayectoria.

Porque una sociedad verdaderamente exclusiva no es aquella que selecciona quién puede entrar, sino la que decide, con criterio y dignidad, qué valores merecen permanecer dentro.

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