La democracia del menos malo
En Ecuador elegimos al candidato que consideramos menos riesgoso: votamos no por entusiasmo, sino por miedo a la alternativa, y nos resignamos

Votamos con la sensación de que, independientemente de quién gane, nuestra realidad cotidiana cambiará poco o nada.
Hay una pregunta que cada vez escucho con más frecuencia entre amigos, colegas y personas de mi generación: ¿qué hacemos cuando ningún candidato nos convence? No porque todos sean necesariamente malas personas o porque desconozcamos sus planes de trabajo. La desconfianza parece venir de un lugar más profundo, de la sensación de que, independientemente de quién gane, nuestra realidad cotidiana cambiará poco o nada.
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Durante años culpamos a los gobernantes, y muchas veces con razón. Pero después de suficientes decepciones ocurre algo más peligroso que la indignación: la resignación. Nos acostumbramos a convivir con dos países distintos. El de quienes ejercen el poder y el de quienes deben resolver por sí mismos los problemas que ese poder no logra solucionar. Mientras unos discuten estrategias, encuestas y alianzas, millones de ecuatorianos siguen preocupados por llegar seguros a casa, acceder a atención médica digna, encontrar empleo o construir un patrimonio para sus familias.
Cambiar las condiciones para que participen los mejores
La consecuencia más preocupante no es el enojo, es la pérdida de esperanza. Muchos viven con una idea silenciosa: aguantar mientras sea posible. Y si las condiciones empeoran, marcharse. Es doloroso admitirlo. Ecuador tiene recursos, talento humano, ubicación estratégica y riqueza cultural extraordinaria. El problema nunca ha sido la falta de potencial sino nuestra incapacidad para convertir ese potencial en instituciones que funcionen.
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Ya no elegimos al candidato que representa nuestras aspiraciones. Elegimos al que consideramos menos riesgoso. Votamos no por entusiasmo, sino por miedo a la alternativa. Entonces, ¿cómo rompemos este círculo? Quizás la respuesta no esté solo en encontrar mejores candidatos, sino en crear mejores condiciones para que las personas correctas quieran participar. Porque cuando la política castiga a los honestos, expulsa a los preparados y premia a quienes dominan el conflicto, terminamos obteniendo exactamente el liderazgo que el sistema incentiva.
Recuperar la confianza será un proceso largo. Pero comienza cuando dejamos de preguntarnos quién es el menos malo y empezamos a exigir las condiciones necesarias para que los mejores quieran servir.