Monumento a los informales
Los trabajadores informales merecen el reconocimiento de todos a su portentoso ejemplo de vida por su capacidad, decencia, esfuerzo, creatividad, resiliencia

Los trabajadores informales constituyen una importantísima parte de la fuerza productiva del país, que casi nadie registra o ve.
Se llama Katherine N., pero podría ser Adriana R., Rosa A., Esther C. Hay muchas. Hizo de todo para subsistir, primero ella y luego los hijos que vinieron. Entregó comida, repartió volantes, vendió dulces, prendas, agua embotellada. “Yo, salvo el cuerpo, he vendido de todo”, dice risueña, porque la vida le ha quitado algunas cosas, pero no la alegría de respirar ni la fe en sí misma.
Se llama Gabriel N., pero podría ser Joel B., Ernesto M., Carlos Z. Hay muchos. Como él, recorren decenas de cuadras o pasan un montón de horas conquistando esquinas. A veces, muchas veces, vigilados por un sol inclemente. Gabriel vende de todo: alcancías, jugos, afiches, frutas y legumbres, chucherías, juguetes. “Lo que sea, porque día que no vendo, día que no comen mis hijos”.
Estado y sociedad deben reconocer su valioso aporte
Katherine y Gabriel son el estereotipo de millones de trabajadores que casi nadie registra o ve. El sistema no los acoge porque en una sociedad desigual, profundamente egoísta y, por tanto, injusta, no hay espacio para ellos. Pero a pesar de ser marginados de los beneficios de un empleo formal, de la playa o la montaña en feriado, de la consulta que no cuesta, del décimo que ayuda, del quirografario que salva, ponen el aliento que necesitan los suyos y el músculo que precisa un país. Porque, aunque nunca lo han oído, ellos merecen el reconocimiento de todos a su portentoso ejemplo de vida. Piénselo un ratito: en un trabajador informal hay más virtudes de las que NO solemos ver en un ministro de Estado, en tantos: capacidad, decencia, esfuerzo, creatividad, resiliencia…
Política
Ministro Burbano habla de una reforma integral a Código del Trabajo: ¿Cuándo llegará a la Asamblea?
Daniel Alejandro Romero Páez
El Estado no ve su aporte. Y nuestros gobiernos -como el falaz que tenemos- los han reducido a una cifra que les sirve para esconder una mentira: “el desempleo ha bajado”. Para ellos son trabajadores en toda regla. No importa que no tengan seguridad laboral ni beneficios sociales. Importa que sirven para maquillar con cinismo los datos del desempleo.
Esa mentira debe terminar. El trabajo, para ser decente, debe tener un salario justo, protecciones y coberturas. Y también debe acabar nuestro desprecio por el gran aporte de los informales. Ellos, más que el olvido, lo que merecen es un monumento.