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Diario Expreso Ecuador

Todopoderosos

El verdadero poder no consiste en demostrar que uno puede hacer lo que quiere, sino en entender que precisamente porque puede, muchas veces no debe hacerlo

El ejercicio del poder exige responsabilidad y respeto por las instituciones.

El ejercicio del poder exige responsabilidad y respeto por las instituciones.Canva

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Hay personas que llegan a un cargo y, casi sin darse cuenta, empiezan a caminar distinto. De la nada, hablan distinto y se comportan distinto. De pronto, creen que su oficina es un reino, que un cargo es una investidura permanente, que la administración que tienen a su cargo es una granja con su ganado y que el poder que hoy tienen les pertenece por derecho propio y no porque alguien, tarde o temprano, se los puede quitar.

La peligrosa idea de ser intocable

Me da mucha pena decirlo, pero pasa en todas las esferas públicas y privadas; asimismo, me da mucha alegría decir que no pasa con todas las personas. Hasta la fecha, subsisten autoridades que honran su cargo y lo respetan. Pero lo contrario pasa con aquel que dirige una pequeña institución y termina convencido de que nadie puede discutirle una decisión, hasta con quien ocupa uno de los cargos más importantes de un país y cree que basta una llamada o un pedido para borrar una tarjeta roja en un partido de fútbol.

A veces esos excesos parecerían inofensivos para algunos, porque ‘solo es una roja’, pero el vaso se derrama cuando esa misma forma de ejercer el poder cruza la línea en asuntos mucho más delicados, pues ya no se trata de un partido o de una expulsión, sino de autoridades que olvidan que manejan dinero ajeno o de personas que empiezan a creer que una firma, un sello y un escritorio las vuelve intocables.

El verdadero poder también sabe ponerse límites

Escuchaba, hace un par de semanas, que una persona sentenciada por corrupción dijo que no extrañaba el dinero ni los lujos, extrañaba el poder. Muchos olvidan cómo llegaron y que cuando se vayan cambiará la foto en la oficina, cambiará la placa de la puerta y alguien más se sentará en la misma silla, pues un día se descubre que el poder tiene una costumbre que no consideraron oportunamente: siempre encuentra un nuevo dueño.

Por eso conviene recordar, especialmente cuando se ocupa un cargo público, que el verdadero poder no consiste en demostrar que uno puede hacer lo que quiere, sino en entender que precisamente porque puede, muchas veces no debe hacerlo.

Al final, los todopoderosos duran mucho menos de lo que ellos mismos creen. Las instituciones, para bien o para mal, siempre terminan sobreviviendo.

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