Negotium
Obsesionados con la productividad, convertimos la ocupación permanente en virtud y el tiempo libre en culpa; el Mundial la detiene y llama a compartir momentos

Muchos olvidarán pronto quién levantará la copa de este Mundial. Lo que sí recordarán es dónde estaban cuando celebraron aquel gol junto a su padre o junto a sus hijos.
Los antiguos romanos poseían una comprensión de la vida que hoy hemos perdido. Sabían que las palabras no solo describen realidades sino también una forma de entender la vida. Quizás ningún ejemplo sea más elocuente que la interrelación de dos términos latinos; el ‘otium’ y el ‘negotium’, o el ocio y el negocio.
Para nosotros, el ocio suele definirse como la ausencia de trabajo. Para los romanos era exactamente lo contrario. El ‘otium’ representaba el estado ideal del hombre libre; el tiempo dedicado a la reflexión, la lectura, la conversación, la amistad y a cultivar el espíritu. Cicerón y Séneca lo consideraban indispensable para una vida plena. No era pereza ni inactividad. Era el espacio donde el ser humano encontraba sentido a su existencia.
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El trabajo debe estar al servicio de la vida
El ‘negotium’, en cambio, surgía de una curiosa construcción etimológica: ‘nec otium’, es decir, la negación del ocio. Era el mundo de los negocios, las obligaciones, la política y las responsabilidades cotidianas. También necesarias pues ninguna sociedad prospera sin trabajo ni esfuerzo. Pero los romanos comprendían que el ‘negotium’ debía estar al servicio de la vida y no al revés.
Dos mil años después, la ecuación pareciera haberse invertido. Vivimos obsesionados con la productividad. Hemos convertido la ocupación permanente en virtud y el tiempo libre en culpa. Paradójicamente, cuanto más eficientes nos volvemos, menos tiempo encontramos para aquello que da significado a nuestros días.
El Mundial y el Día del Padre detienen el negocio y dan paso al ocio
Por eso resulta interesante observar lo que ocurre cada cuatro años durante una Copa Mundial de la FIFA. Desde una perspectiva estrictamente económica, el fenómeno parece irracional. Millones de personas gastan dinero, alteran horarios y posponen obligaciones para observar el Mundial. El ‘negotium’ se detiene y los que tenemos la suerte de estar viendo en vivo junto a seres queridos el Mundial, llegamos a sentirnos mal.
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Sin embargo, tal vez allí reside precisamente su valor. Porque durante estas semanas reaparecen conversaciones que la rutina posterga. Padres e hijos vuelven a sentarse juntos en un estadio o frente a una pantalla. Se comparten recuerdos, anécdotas y emociones que ningún ‘zoom’ podría reemplazar. Y con el Día del Padre, el evento adquiere un significado especial.
Con frecuencia creemos que el legado de los padres está en las lecciones que transmitimos o en los bienes que dejamos. Pero los recuerdos más valiosos suelen construirse simplemente compartiendo tiempo. En una época dominada por pantallas, urgencias y agendas saturadas, el tiempo de calidad se ha convertido en uno de los bienes más escasos y valiosos.
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Tal vez los antiguos romanos habrían encontrado en estos momentos una expresión moderna del ‘otium cum dignitate’, aquel ocio digno que no busca la evasión sino el enriquecimiento de la persona y de la comunidad. Porque cuando un padre transmite con emoción a sus hijos una tradición que recibió de sus mayores, el tiempo libre deja de ser improductivo para convertirse en algo profundamente humano. El ‘negotium’ cumple finalmente su propósito: hacer posible el ‘otium’.
Muchos olvidarán pronto quién levantará la copa. Lo que sí recordarán es dónde estaban cuando celebraron aquel gol junto a su padre o junto a sus hijos. Porque los campeones pueden pasar, pero esos momentos compartidos en familia permanecen para siempre.
¡Feliz Día del Padre!