Sed de realidad
El boom de Dostoyevski en redes refleja el anhelo de la Generación Z por hallar el amor real, conexiones profundas y escapar de la soledad digital

Los jóvenes vivimos lejos de la realidad, ajena y hostil. Atrapados en lo digital y sobreestimulados, estamos más solos, tristes y vacíos que nunca.
Hace unas semanas leí Noches blancas, la primera novela de Dostoyevski. El libro, como otros del autor ruso, causó una gran impresión en mí y me di cuenta de que no estaba solo: The Guardian ya había reportado la llamada Fyodor fever, causada por la viralización de esta novela en redes. A la par, mi feed de Instagram se inundó de jóvenes que visitaban San Petersburgo con la esperanza de encontrarse, como el narrador, con su Nastenka y experimentar ese encuentro que lo sacó de su ensimismamiento. No resulta sorprendente que la novela se haya vuelto popular. Además de su brevedad y su increíble prosa, su trasfondo romántico nos embarga y nos recuerda que tenemos un anhelo profundo, un deseo incandescente. Al leerla, sentimos, aunque sea por un instante, como el narrador, que nuestra vida vale la pena.
Más allá de que sea un fenómeno de moda, no somos tan distintos al narrador. Los jóvenes también vivimos lejos de las cosas. La realidad nos resulta ajena, aburrida, hostil. Nuestros días transcurren atrapados en lo digital, atomizados, sobreestimulados, apáticos, impasibles, indiferentes. Muchos se encuentran más solos que nunca; más tristes, más vacíos. Es más, diría que la del narrador, aunque también solitaria, es una vida más plena que la nuestra. Por lo menos él se pierde en su imaginación, en sus ensoñaciones, recorriendo las calles de San Petersburgo. En cambio, no recuerdo cuándo fue la última vez que uno de nosotros soñó despierto; llenamos cada minuto de entretenimiento, para evitar caer en el vacío y el estupor.
Por qué los jóvenes vuelven al romanticismo
Y no parece que estemos felices así, sino completamente desencantados. Sin ser conscientes de ello, seguimos en búsqueda de ese momento, de ese encuentro, de esa epifanía que despierte en nosotros algo que dábamos por perdido: la posibilidad de un amor, la existencia de un instante eterno o el deseo de una entrega. Hacia esta tendencia apunta El País en su artículo Por qué los menores de 35 están obsesionados por encontrar el amor y lo prefieren al sexo: las relaciones fugaces están a la baja y la mayoría de jóvenes desea una relación estable y profunda, aunque duda de que sea posible conseguirla.
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Gabriel Cornejo
Por eso, aunque Byung-Chul Han declare que el eros agoniza por la conversión del amor en objeto de consumo, este se resiste a morir en los corazones humanos. La razón radica en la naturaleza misma de este corazón, cuyo anhelo persiste al golpe de todo intento de destrucción. Ese deseo de infinito, propio del espíritu romántico decimonónico, no deja de clamar por un amor que lo consuma. Este anhelo de realidad y de belleza que la cultura intenta socavar no termina de desaparecer, y parece que vuelve a despertar.
¿Qué podemos hacer para recuperar la posibilidad de experimentar una epifanía de realidad y la construcción de algo que perdure? Empecemos por el principio: imitemos, en parte, al narrador de Dostoyevski, pero vamos más allá. Soñemos despiertos y avivemos la imaginación, sí, pero también atengámonos de forma amorosa a la realidad. Solo recuperaremos la experiencia del encuentro con otro cuando observemos detenidamente el mundo que nos rodea. Así podremos rescatar la belleza perdida de la entrega.