La retórica del odio estallará
Trump hace de la violencia su discurso cotidiano y ello amenaza con poner al planeta, no solo a Estados Unidos, al filo del desastre

Trump no tiene límites, ni otro plan certero que no sea imponer su verdad (“el hemisferio occidental es nuestro”), y para ello se comporta como un emperador errático.
La política es una puesta en escena, como sabemos. Ocurre en un escenario que el poder quiere controlar (y, en general, lo hace). Para ese fin, los actores principales -o sea, los escogidos para el papel de líderes- miden sus gestos y palabras, producen símbolos, practican rituales. Toda una parafernalia destinada a manejar el relato de lo que pasa, o de lo que quieren hacernos creer que pasa. Porque en la política de estos tiempos, los hechos son secundarios: lo que importa es el relato.
Pero hay ocasiones en que la puesta en escena se puede desmadrar, y la obra teatral acabar mal. Es lo que podría pasar con Donald Trump, el elefante en vidriera que gobierna al -todavía- país más poderoso que existe. El mundo, salvo pocos sufridores que pregonan en el desierto, no parece darse cuenta de que su descontrolada violencia amenaza con poner al planeta, no sólo a su país, en el filo del desastre.
Sus acciones erráticas ponen en riesgo al mundo
Trump no tiene límites, ni otro plan certero que no sea imponer su verdad (“el hemisferio occidental es nuestro”), y para ello se comporta como un emperador errático, que hace y deshace, dice y se desdice, arremete y retrocede, en una noria de idas y vueltas que desconcierta a muchos. Menos a China, que se relame en silencio. Y menos a él, que se cree El Infalible, El Elegido, El Eterno.
Trump hace de la violencia su discurso cotidiano. Nada nuevo: el 6 de enero de 2021 alentó a sus seguidores, que asaltaron el Capitolio y ocasionaron varios muertos. Es el mismo que invadió Venezuela jurando democracia, pero afianzó a los sátrapas del chavismo; y es el que aún no sabe cómo salir del nudo que ató en Irán. También es el niño necesitado de atención y mimos, que quiere perennizarse poniendo su firma en billetes y su rostro en pasaportes de EE. UU. Pero sobre todo es el que celebró la muerte del exjefe del FBI que lo investigó. Y el que divulgó un video cuyo mensaje es: “el único demócrata bueno es un demócrata muerto”.
Su deriva es cada vez más peligrosa, su discurso alcanza niveles de violencia inéditos. La de Trump es una puesta en escena salida de control. Y por eso, crecen las chances de que termine en tragedia.