Nuestra interminable actualidad
Lo que añade horror a este presente inmutable es el sacrificio de seres humanos inocentes; la destrucción de sus vidas y la de sus familias

Las guerras prolongadas y las crisis humanitarias profundizan la sensación de un presente inmóvil.
La realidad que vivimos parece un presente congelado. Guerras que se inician y que no acaban nunca de terminar, hasta el punto de que nadie, salvo los propios afectados, pregunte por ellas. No importa que, como en el caso de Irán, la amenaza sea que la confrontación termine en apocalipsis.
Venezuela y la normalización de la tragedia
Catástrofes como la de Venezuela, que con el tiempo se vuelven inconmensurables y que, pese a su horror, parecen estáticas porque no se avizora ninguna solución. Regímenes en agonía permanente, como el de Cuba, que no terminan de expirar. Gobiernos como el de Milei, que en sus orígenes parecían escapar a las viejas reglas de la política y que con el paso del tiempo terminan recayendo en ellas, como brillantemente mostraba Carlos Pagni en Odisea Argentina.
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La nueva política proclamada por el líder carismático satanizaba la búsqueda de permanencia en el poder como típica de los caudillos de la “casta”. Ahora, ya en el ejercicio del gobierno, de lo que se trata es de la reelección. “Muchas veces queremos cambiar al poder; y descubrimos finalmente, cuando llegamos al poder, que éste nos cambia a nosotros”. El pensamiento es nada menos que de José Aricó, citado por Pagni.
El poder también transforma a quienes lo ejercen
No se trata de discutir las razones a favor o en contra. También el kaiser Guillermo II aseguró a sus soldados, al iniciar la invasión de Francia en agosto de 1914, que volverían a sus casas cuando cayesen las primeras hojas del otoño. Hitler estaba seguro de que la ‘operación Barbarroja’ liquidaría al régimen soviético en seis meses.
En ese sentido, anunciar que se pondría de rodillas al régimen iraní en cuatro semanas no fue algo nuevo. Lo que sí causa la percepción de inmovilidad es que después de cinco meses de bombardeos feroces y de destrucciones masivas, la guerra sigue. En Venezuela “se fueron los rescatistas y aún hay miles de desaparecidos”, se lamentaba Jaime Bayly.
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Lo que asombra, lo que indigna, lo que causa rechazo, es que el régimen venezolano, pese a la catástrofe, continúa siendo el mismo: ineficiencia, maltrato a la ciudadanía, pésima capacidad de gestión. Algo así como si Maduro siguiese al mando del poder.
Lo que añade horror a este presente inmutable es el sacrificio de seres humanos inocentes; la destrucción de sus vidas y la de sus familias, la pérdida en último término de lo humano. Algo así como si la vida humana dependiese absolutamente del azar.