Las lecciones de Robespierre
La lección histórica de Robespierre que relata la trágica transición del discurso humanista al terror y su impacto en la vida política ecuatoriana

Robespierre, de humanista y defensor de la vida, pasó a hacer uso del terror, llevando a la guillotina a miles, hasta que él sufrió ese mismo final.
Pocas personas de la historia universal han tenido tanta influencia en nuestro país como Maximilien François Marie Isidore de Robespierre, el más emblemático líder de la Revolución Francesa. Jurista de profesión, antes de acceder al poder fue un emblemático luchador contra la pena de muerte, pues argumentaba que como castigo no impediría el cometimiento de crímenes que la merezcan, y por otra parte sostenía que la naturaleza humana era imperfecta, y que existía la posibilidad no remota de sentenciar a muerte a quien pudiera ser inocente.
Del discurso humanista al terror
Su ascenso en la política empezó el 26 de abril de 1789, cuando fue elegido diputado para la Asamblea. Días después, ese año, se encendió la Revolución, y los dotes de oratoria y capacidad para persuadir a los alzados, lo encumbraron. La revuelta dio tumbos, y en medio de las idas y vueltas de las peleas intestinas, en 1793 Robespierre lideró la formación del Comité de Salvación Pública. Este no era otra cosa que una ‘santa inquisición’ republicana para aplacar a como dé lugar lo que se consideraba como graves amenazas internas y externas que se cernían sobre Francia. Ese peligro era de hecho la posibilidad de derrota de la dictadura jacobina, la que Robespierre encabezaba.
De pronto, aquel hombre humanista y defensor de la vida, se transformó. Quizá nunca se transformó, sino simplemente se despojó de la atadura de las formas, instrumentando su propósito por cualquier medio, empezando un periodo de terror que llevó a la guillotina a miles de personas, desde luego opositoras. Acuñó, muy prócer de lengua, la famosa frase “el terror sin virtud, es desastroso; la virtud sin terror, es impotente”. Pero la vida da vueltas, y al final de sus días recibió en su cabeza el filo de la guillotina también.
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¿Y por qué la influencia sobre la historia política de nuestro país? Porque Robespierre debió devorarse a todo aquello que consideró oposición, alimentándose de la horrenda droga del autoritarismo. De ese nutriente se han envenenado incontables tiranos en nuestra vida republicana creyendo, equivocados, que la historia o la justicia los absolvería.