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Rosa Torres Gorostiza | Y las vacunas se siguen cobrando

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Mientras los honestos buscan sobrevivir, los extorsionadores también han adaptado sus horarios

Las extorsiones, sí, esas mal llamadas ‘vacunas’, que siguen devastado las economías familiares y de los negocios, no han dejado de cobrarse, ni siquiera con toques de queda de seis horas en provincias como Guayas, Los Ríos, El Oro y Santo Domingo de los Tsáchilas. Es un fenómeno que desafía la lógica: mientras la ley busca restringir la circulación entre las 23:00 y las 05:00, los delincuentes no esperan la madrugada para actuar, sino que se mueven con audacia bajo la luz del día.

El dinero no se cobra en la clandestinidad de la noche, se paga ante la vista de todos. Vecinos impotentes observan cómo llegan en motos, con los bolsos cruzados al dorso, para recibir lo que con esfuerzo ganaron. Es una escena cotidiana que refleja el fracaso de las medidas que deberían protegernos: mientras los honestos buscan sobrevivir, los extorsionadores también han adaptado sus horarios, extendiendo sus cobros hasta antes de que los negocios cierren sus puertas.

Al igual que muchas industrias, que han modificado sus turnos y adoptado jornadas de hasta doce horas para trabajar durante los toques de queda, los criminales han encontrado su fórmula de sobrevivencia. Después de las 21:00 se retiran tranquilamente a sus casas, escondiéndose de la Policía, dejando a los ciudadanos que regresan tarde del trabajo en un desesperante mar de estrés y temor. Vehículos llenan las calles hasta después de las diez de la noche, con gente que corre contra el reloj, tratando de llegar a casa antes de la prohibición de movilidad, sacrificando tiempo, descanso y bienestar.

Y uno se pregunta: ¿para quién es el toque de queda realmente? ¿Para protegernos o para alimentar la ilusión de seguridad mientras los extorsionadores siguen empobreciendo barrios, destruyendo comunidades y forzando al destierro interno a quienes luchan por sobrevivir en su propio país? La respuesta parece clara: los sacrificios de los ciudadanos honestos no se ven reflejados en la eficacia de las medidas. Es hora de que las autoridades comprendan que la lucha contra la extorsión no puede esperar a la noche: debe ser un combate frontal, diurno y constante, como la vida misma de quienes buscan vivir dignamente.