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Reimaginemos la Asamblea

En la cultura política y la legislación electoral y de partidos. Ahí debe estar el campo de batalla ciudadano para transformar a la Asamblea

La República se encuentra en un punto crítico. El presidente Lasso ha presentado el esperado proyecto de Ley de Creación de Oportunidades, poniendo sobre la mesa lo que tal vez sea su última esperanza de poder cooperar con la mayoría legislativa que él mismo ayudó a formar. Ante el ‘impasse’ presente no nos queda mucho más que conminar a los distintos actores a buscar un consenso viable. Pero los ciudadanos podemos hacer mucho más si ampliamos nuestra visión. Hay que evitar volver a caer en esta situación. Para esto, la Asamblea debe ser reformada, empezando por el origen de sus males.

Imaginemos la Asamblea con su misma estructura actual. Sus poderes son los mismos, pero quienes los blanden por mandato popular son diferentes. La disciplina partidista reduce los escándalos en vez de proteger a los escandalosos. Los legisladores responden a programas políticos claros, muchos de ellos siendo veteranos de carrera. La mayoría de los asambleístas no son desconocidos que aparecen misteriosamente en las listas como desaparecen de sus circunscripciones pasadas las campañas. Nuestra legislación sigue siendo controversial, a veces negativa, pero la calidad del trabajo ya no es vergonzosa. Suena mucho mejor, ¿no? Y nada de esto requiere recortes o filtros arbitrarios. Sí, esto puede sonar como una simple lista de deseos, pero es posible caminar hacia ese rumbo. Ese camino pasa por los partidos.

Mientras los partidos y movimientos ecuatorianos sigan siendo simples máquinas electorales, nos mantendrán atados a la triste realidad presente. Su débil institucionalidad seguirá envenenando a la institucionalidad del Estado. Su caudillismo nos seguirá dando de candidatos a aprendices y lacayos de caudillos. Su falta de mecanismos democráticos continuará taponando a todo el sistema, bloqueando a la participación y evitando la construcción una cultura política de consensos. Su pobreza ideológica seguirá produciendo demagogia. Pero si cambiamos a los partidos, podemos comenzar a invertir esta realidad desordenada.

En la cultura política y la legislación electoral y de partidos. Ahí debe estar el campo de batalla ciudadano para transformar a la Asamblea.