Paul E. Palacios | 1822
Cada bando de la contienda representaba un ideal, un concepto de lealtad, un principio de honor por lo que se creía
Hace pocas semanas don Íñigo Salvador tuvo la bondad de hacerme llegar su última novela titulada 1822. En su interior, bajo una cálida dedicatoria a su padre, el doctor Jorge Salvador Lara, encontré unas amables palabras manuscritas dirigidas a mí, por mi vínculo familiar con uno de los protagonistas de su novela.
Leer 1822 ha sido un deleite, pues está decorada con una prosa riquísima, ya ausente en mucha de la literatura contemporánea nuestra. La novela está ambientada en los vaivenes de la independencia ecuatoriana, desde Guayaquil a las faldas del Pichincha, generando para el lector una extraordinaria inmersión en los lugares, modismos, personajes y entretelones que muestran los pañales de nuestra vida republicana. El escritor traslada a quien lo lee, convirtiéndolo en un testigo de hechos históricos, casi permitiéndole tocar con las manos la manigua que por entonces bordeaba Guayaquil, las costumbres de las comunidades de la Sierra, pero también buscando separar a los personajes de las personas; a los primeros marcados por la historia ya escrita, y a los segundos, desvestidos por los propios intereses con los que se pretendía siempre arroparse con una bandera.
Posiblemente el toque de pensamiento más profundo del que yo me apropio de la novela, que como repito es una lección de historia en cada página, es la efímera línea que separa al realista del independentista. Pocas personas lo mencionan o lo saben, que en las faldas del Pichincha pelearon muy pocos españoles de nacimiento en la Península, como mestizos y blancos americanos, en el lado realista. Esa es quizá, para este lector, la lección más profunda de la novela, reconocer que cada bando de la contienda representaba un ideal, un concepto de lealtad, un principio de honor por lo que se creía, y que la posteridad nos hizo creer que era una pelea entre los buenos y los malos, entre los explotadores y los redentores.
El doctor Íñigo Salvador ha tenido la habilidad, con su pluma en 1822, de llevarnos a la grupa por matorrales, planicies, páramos y montañas, describiendo lo que somos, aún doscientos años después.