Mauricio Velandia |Un profesor avatar en antitrust
La educación superior ha operado bajo la idea de que su estructura puede absorber cualquier cambio tecnológico
En una reunión de profesores, uno de ellos pidió la palabra y lanzó una propuesta que provocó una risa casi automática. Preguntó si la universidad estaría dispuesta a permitirle usar su avatar en clase, con su presencia física en el aula. Aclaró que hablaba en serio. La escena importa más de lo que parece.
No se trataba de reemplazar al profesor ni de convertir la docencia en un ejercicio digital sin rostro. Era una inquietud más profunda sobre la capacidad de la universidad para comprender el tiempo que está viviendo.
Durante décadas, la educación superior ha operado bajo la idea de que su estructura puede absorber cualquier cambio tecnológico sin alterarse en lo esencial.
Pero la inteligencia artificial no es un cambio marginal. Es una transformación que atraviesa la forma en que se produce el conocimiento, se distribuye y se aprende.
Mientras en buena parte de América Latina seguimos discutiendo si la inteligencia artificial debe entrar o no al aula, China ya se mueve en otro plano. Allí, la inteligencia artificial está integrada en aplicaciones cotidianas, servicios, comercio, transporte y educación. El Estado impulsa su desarrollo y acelera su adopción. Para 2025, cerca del 42,8 por ciento del país habría incorporado inteligencia artificial generativa, con una meta de penetración del 90 por ciento hacia 2030. La iniciativa AI Plus busca extender su uso a sectores estratégicos como la salud y la energía.
El dato relevante no es solo la expansión tecnológica, sino la estructura que la sostiene. China está produciendo y reteniendo talento a gran escala. Por primera vez, más trabajos presentados en la principal conferencia mundial de inteligencia artificial tuvieron autores principales radicados en China que en América o Europa.
Además, una proporción creciente de los investigadores más influyentes trabaja en instituciones chinas. No es solo desarrollo. Es consolidación.
¿Puede la universidad seguir enseñando como si la inteligencia artificial fuera externa cuando ya redefine la manera en que los estudiantes aprenden e interactúan con el conocimiento o debe aceptar que su función no es resistirla sino integrarla con criterio antes de perder relevancia?
La respuesta no pasa por abandonar el modelo tradicional, sino por someterlo a prueba. La clase magistral no es obsoleta, pero puede volverse insuficiente si se mantiene intacta frente a un entorno que cambia aceleradamente. Los estudiantes no han dejado de querer aprender. Han cambiado la forma en que procesan la información.
En ese punto aparece la idea del profesor avatar. No como sustituto, sino como extensión. Un avatar durante quince minutos dentro de una clase de cuatro horas puede explicar, introducir o sintetizar desde otra lógica. Puede romper la continuidad sin eliminar la presencia del profesor y demostrar que el conocimiento puede expresarse en distintos formatos sin perder profundidad.
La propuesta no pretende imponerse. Pretende ensayarse. La universidad no pierde nada al experimentar. Gana la posibilidad de decidir con base en la experiencia y no en el prejuicio.
El profesor que hizo esa propuesta soy yo, al interior de una clase de Derecho de la Competencia.