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Iván Baquerizo | El Imperio de la libertad

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Las sociedades libres rara vez sobreviven sin un orden capaz de protegerlas

En 1787, Alexander Hamilton escribió en ‘The Federalist Papers’ una frase que resumía la aspiración política de su generación: “la verdadera prueba de la libertad es si las sociedades son capaces de establecer buenos gobiernos mediante la reflexión y la elección” (’reflection and choice’) en lugar de depender siempre del “accidente y la fuerza” (’accident and force’). Ese mismo espíritu inspiraría poco después a Thomas Jefferson cuando habló del “Imperio de la libertad” (‘Empire of Liberty’).

Este concepto podía sonar paradójico al proponer un imperio sin dominación. Jefferson imaginaba que el continente americano podría convertirse eventualmente en un espacio donde los estados libres, basados en la propiedad y el Estado de derecho, prosperarían y se multiplicarían. No se trataba de la expansión de una nueva corona, sino de la expansión de un principio natural e inalienable: la libertad.

Esa visión encontraría una expresión más concreta décadas después en la Doctrina Monroe. Cuando James Monroe declararía que las potencias europeas no debían interferir en el hemisferio americano, establecería un principio geopolítico que marcaría la historia continental; América sería un espacio político distinto, donde las nuevas repúblicas tendrían la oportunidad de desarrollarse sin el peso de la Europa imperial. Una América para los americanos.

Dos siglos más tarde, esa lógica parecería resurgir bajo nuevas circunstancias. La reciente reunión convocada por Donald Trump con varios presidentes latinoamericanos en Doral sugiere que América vuelve a replantearse estratégicamente. Frente al avance del crimen organizado, el narcotráfico y la creciente influencia de potencias externas, pareciera que varios gobiernos de la región han reconocido que la cooperación política y de seguridad ya no es una opción diplomática sino una necesidad práctica.

A primera vista, la expresión “imperio de la libertad” puede parecer contradictoria. Mientras que la palabra imperio evoca dominación, la palabra libertad denota autogobierno. Sin embargo, la historia política muestra algo distinto; las sociedades libres rara vez sobreviven sin un orden capaz de protegerlas. La libertad necesita instituciones, leyes y un poder que la defienda frente a quienes buscan destruirla.

Quizás por eso hoy se percibe un cambio evidente en la región. Cada vez más países latinoamericanos, por convicción o por simple pragmatismo, parecen alinearse con un eje político que privilegia la estabilidad, la seguridad y las economías abiertas frente a los experimentos colectivistas que durante décadas han debilitado nuestras instituciones.

A finales del siglo XVIII, Jefferson imaginaría un hemisferio donde las repúblicas libres pudieran prosperar juntas. Aquella visión, lamentablemente, nunca llegó a convertirse en realidad. Sin embargo nos recuerda una verdad persistente; la libertad nunca se ha sostenido sola. Como advertiría Hamilton en el génesis de la nación estadounidense, el destino de las sociedades prósperas y libres depende de su capacidad de elegir gobiernos mediante la “reflexión y la elección”. Hoy como entonces, aquel es el único y verdadero imperio que vale la pena defender.

¡Hasta la próxima!