Premium

La política exterior gaullista de Macron

Avatar del Columna Internacional

También se mostró en desacuerdo con la decisión de Biden de establecer la alianza Aukus de seguridad y tecnología con Australia y Reino Unido

La invasión rusa a Ucrania del año pasado impulsó a Occidente a oponerse al Kremlin y a otros rivales, en especial a una China cada vez más asertiva; pero el mes pasado el presidente francés Emmanuel Macron viajó a Pekín, donde declaró que en temas sensibles como el de Taiwán, Europa no debe seguir simplemente el ejemplo estadounidense. Esto no gustó a Estados Unidos pero tampoco debió sorprenderlo. Como la mayoría de políticos franceses -en la extrema derecha y en la extrema izquierda- Macron es gaullista, una sensibilidad compartida. Tampoco se trata de un simple antiamericanismo francés sino un sentimiento nacional que refleja el legado “espiritual” del Gral. Charles de Gaulle, legado que queda ejemplificado en la insistencia de De Gaulle -para frustración de sus benefactores angloamericanos- de que Francia fuera considerada un aliado en igualdad de condiciones. Cuando terminó la II Guerra Mundial, él esperaba que Francia -una nación estado soberana e independiente- se convirtiera en un miembro influyente de la alianza occidental y no en un subordinado de EE. UU. Para dirigir a esta nueva Francia creó una presidencia tan poderosa que bien podría haber constituido una monarquía. En el marco de esta tradición, Macron actúa de manera audaz, unilateral y a veces polémica, en su país -evitando a la Asamblea Nacional para implementar una reforma jubilatoria impopular- y en el extranjero. Como probablemente De Gaulle hubiera hecho, Macron insta desde hace mucho a Europa a no dejar su seguridad en manos de los estadounidenses y a buscar la “autonomía estratégica”. Esta campaña se intensificó durante la presidencia de Donald Trump, cuando Macron declaró que la OTAN sufría “muerte cerebral” y advirtió que Europa solo podría “mantener el control de su propio destino” si comenzaba a considerarse a sí misma como una potencia geopolítica. Pero fue necesaria la guerra de Ucrania para que Europa finalmente comenzara a invertir en sus propias capacidades militares. Se podría pensar que los estadounidenses -que durante mucho tiempo se quejaron de que los países europeos se negaran a cubrir los gastos de su propia defensa- verían este cambio con buenos ojos, mas la expansión de las capacidades defensivas europeas y su búsqueda de la soberanía estratégica les causaron aprensión. Macron también desafió a EE. UU. en otras áreas; no dudó en criticar la Ley de Reducción de la Inflación, sin embargo de acuerdo con su visión (que no responde al gaullismo tradicional), el libre comercio es fundamental para reforzar al frente democrático contra el eje autoritario ruso-chino. Pero los polémicos comentarios de Macron sobre Taiwán no son meras represalias frente al desprecio estadounidense por los intereses franceses. El Indopacífico contiene al 93 % de la zona económica exclusiva francesa y alberga a un millón y medio de ciudadanos franceses. Esto requiere una política independiente para la región. Francia -al igual que otras potencias europeas- sigue considerando a la alianza transatlántica como fundamental para sus intereses; pero, siguiendo la tradición gaullista, no se percibe como subordinada, sino como un igual y un líder. Macron comparte el deseo estadounidense de contener a China, por eso su país está actualizando sus capacidades operativas en el Indopacífico y aumentando la coordinación con socios como Japón e India; pero se niega a entender la rivalidad sistémica de Occidente con China en términos de suma cero. La cooperación con EE. UU. es fundamental, pero también lo es una diplomacia de mentalidad más abierta en el Indopacífico, incluso frente a China. Es posible imaginar enfoques peores para la región. Si pensamos en el historial estadounidense de guerras fútiles y oscilaciones entre cooperación y el aislacionismo, tal vez la variante gaullista de Macron sea la opción más sensata disponible.