Andrés Isch | ¿Quién eres?
El abandono es una de las formas de maltrato más graves. La carencia afectiva provoca un daño físico real
Cualquier persona debería poder responder a esta pregunta. Todos tienen el derecho de saber de dónde vienen, a qué pertenecen, y ese derecho tiene una obligación consecuente en los padres, que deben ser quienes ayuden a construir identidad, desde el elemental reconocimiento de filiación hasta conceptos más profundos y abstractos que se moldean con el paso de los años. Lamentablemente, los indicadores demuestran que hay una enorme cantidad de hombres que por irresponsabilidad, egoísmo o crueldad abandonan a sus hijos y hieren, a veces de forma permanente, su espíritu.
A partir de las investigaciones de Boris Cyrulink, neurólogo francés y quien concibió las terapias de resiliencia como una herramienta para tratar a niños traumatizados, se ha comprobado que el abandono es una de las formas de maltrato más graves. La carencia afectiva provoca un daño físico real, afectando actividades cerebrales, segregando permanentemente cortisona, haciendo incluso que mueran sus neuronas. Sin contención y apego seguro, un niño percibirá el mundo como una gran amenaza. En su psiquis será continuamente agredido por la vida.
El abandono no es sólo físico, sino sobre todo emocional. Es la falta de presencia en aquellas cuestiones esenciales para el bienestar de los niños; la carencia de afectos, la privación de respuesta, la omisión en el deber de actuar para atender sus necesidades. La ausencia de aquellos que escapan del entorno doméstico, ensimismados con sus egos e inseguridades; aquellos obsesionados con el reconocimiento público; los que se sienten con más derecho a la individualidad que el resto de su núcleo familiar; de los que esconden su patrimonio para no pagar pensiones; de los que usan la arrogancia para tapar su cobardía.
Mientras las leyes declaran a los cuatro vientos que defiende la supremacía de los derechos del niño, su sociedad tolera a hombres que practican esta forma de abuso y que se vuelven figuras inexistentes en las etapas de desarrollo en las que más se los necesita. Si queremos priorizar a los niños, debemos repudiar estas conductas. Que ser mal padre se convierta en una fuente de vergüenza infinita.