Junta de Beneficencia de Guayaquil: una reflexión sobre identidad y memoria institucional
La eliminación del nombre "Guayaquil" en la identidad visual de la Junta de Beneficencia plantea un debate sobre la memoria

La Junta de Beneficencia de Guayaquil es una de las instituciones benéficas con mayor trayectoria e impacto social en Ecuador.
Para hacerse inclusivo -que está de moda- se evita a cualquier costo algo que pueda incomodar. El 9 de Octubre de 1820 en adelante se llamará simplemente ‘El Día de la Independencia’, sin mencionar de dónde; la canción que pregonamos los guayacos se llamará solo ‘De mis amores’; el nuevo eslogan será ‘Por la patria’; se eliminarán los nombres Guayas y Quil del monumento y en las gestas heroicas de la independencia, desaparecerá la ciudad de origen. En algo se parece a la estulticia cometida por la FIFA que, para hacer inclusivo el Mundial, produjo un documental en el que aparece un jugador negro portando la bandera argentina.
La historia de la Junta de Beneficencia de Guayaquil
Nunca imaginé que la JBG seguiría este camino. Estamos viendo cómo una institución que nació, creció y se hizo grande en esta ciudad parece sufrir un ataque de amnesia toponímica. En el video promocional, en los vehículos, en los mandiles de los doctores y hasta en su página web han eliminado la palabra Guayaquil.
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La Junta de Beneficencia de Guayaquil no es cualquier organización. Nació gracias a sus benefactores y durante más de un siglo su nombre ha sido sinónimo de solidaridad costeña. Pero ahora alguien decidió que ‘Guayaquil’ sobraba. ¿Será que la ciudad ya no cabe en el nombre? ¿O que la palabra pesa demasiado en la papelería oficial? Su nombre queda reducido a una beneficencia genérica, una ONG que podría estar en Nepal o Jordania.
Y lo más irónico es que Guayaquil es precisamente la razón de ser de la Junta. Fue aquí donde nació. Patriotas de noble corazón y caridad cristiana compartieron sus fortunas y levantaron hospitales, aquí se salvaron vidas y se dieron oportunidades. La ciudad representa sus raíces, tradiciones y vínculos históricos. La institución estaba ligada a un lugar y se desembarazó del terruño como si tuviese vergüenza de ello.
Quitarle el nombre es como borrar la firma de un artista en su cuadro o quitarle la etiqueta de ecuatoriano al cacao, al banano o al camarón. Es un despojo simbólico que golpea el orgullo de la ciudad. La palabra Guayaquil no es un adorno: es el corazón de la Junta.
Para ser más inclusivos, el siguiente paso será quitarles también el apellido a los hospitales: Vernaza, Gilbert, Paulson, Sotomayor y Santisteban.
La verdad resulta dolorosa: la ingratitud, la amnesia o el ‘marketing’ parecen impedirles nombrar a Guayaquil, nombre que debería ser estandarte de orgullo y jamás motivo de vergüenza.
Ernesto Vernaza Trujillo