Gracias Guayaquil
La conocí hace 70 años. Pequeña. Acogedora. Enamorada del Guayas, con sabor a sal. Era amigable, de sonrisa franca y coqueta, inconfundible. La pienso cuando la Atarazana era aún un espacio propicio para la cacería. Muchos recuerdos se han esfumado de ese primer encuentro que marcó nuestro idilio. Vine a Guayaquil como educador. El Santistevan y el Cristóbal Colón fueron mi debut. Junto a los salesianos pude escribir en mentes, despiertas y ávidas por saber, principios que aún hoy permanecen en exalumnos que también caminan dentro o van hacia la jubilación.
Tengo el honor de haber sido el primer director de Justicia y Vigilancia de la ciudad, cargo propuesto por el Ing. León Febres-Cordero. Junto a 120 delegados municipales, héroes de guayabera blanca, buscamos corregir entuertos de administraciones pasadas y educar al morador citadino a observar las ordenanzas.
Siempre creí que una buena educación no debe faltar en la mochila personal de quien busca transitar por la vida de manera segura y servicial. Garabatos, Espíritu Santo, Ecomundo, Ecotec la ULVR y UEES fueron espacios propicios para conocer de cerca al habitante guayaquileño: alegre, inquieto, de mente despierta, algo distraído, razonador, amante del deporte, generoso, esforzado, siempre dúctil para permitir ser modelado y por sobre todo, siempre agradecido con quienes le hicieron un bien o al menos intentaron hacerlo.
Saludar a Guayaquil en su cumpleaños no es una obligación. Los amores no conocen códigos, obedecen a latidos de corazones que un buen día comenzaron a vibrar al unísono.
David G. Samaniego Torres