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Diario Expreso Ecuador

“Avísame cuando llegues”: el miedo que cambió la vida de los ecuatorianos

El temor a la inseguridad ha transformado la forma de vivir en Ecuador. Las rejas, alarmas y calles vacías reflejan una sociedad que busca recuperar la libertad

Municipio inicia expediente por estructuras en una vereda.

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“Avísame cuando llegues”. Tres palabras que hoy en el Ecuador significan te amo, cuídate, tengo miedo de que no vuelvas. Antes nos decíamos “que te vaya bien”. Hoy nos decimos “avísame cuando llegues”.

En mi casa, cuando era niña, había un pasillo largo y obscuro. Me perdía mucho, me escondía. Mi madre, en lugar de enojarse, dejaba una luz prendida al final de ese pasillo. Esa luz no era solo un foco; era un mensaje: aquí estás a salvo, puedes volver, alguien te espera.

Cuando el miedo cambia la forma de vivir

Crecí en un Guayaquil en los años 80 donde salía sin miedo. Salía a la universidad, caminaba de noche. No había rejas; las puertas estaban abiertas para conversar con el vecino. Las calles estaban abiertas. Esa era la luz de todo un país.

Hoy camino por las mismas calles y veo otra cosa. Veo casas que parecen cárceles. Rejas, candados, alambres de púas, cercas eléctricas, cámaras. Veo parques vacíos a las seis de la tarde. Nos encerramos para que no entre el miedo. Ese pasillo que mi madre iluminaba hoy lo siento obscuro en mi barrio, en mi ciudad y en mi país.

Esto es lo que sentimos todos: hoy, ocho de cada diez ecuatorianos nos sentimos inseguros en la calle. En los últimos diez años hemos triplicado la venta de rejas y alarmas, pero no hemos triplicado la paz. La reja solo nos recuerda todos los días que perdimos la libertad.

Nos acostumbramos. Cedimos una calle, un parque y la noche entera. Mi hija ya es grande y vive en otra ciudad. Todos los días vivo el mismo ritual: me escribe “Mami, voy a salir”, y me quedo con el celular en la mano hasta que llega el mensaje: “Mami, ya llegué”. Solo ahí vuelvo a respirar.

A mi hija le enseñé a ser libre, pero hoy le tengo que enseñar a mirar por encima del hombro. Eso me duele en el alma. Pero no me quiero quedar llorando detrás de una reja. Recuperar el Ecuador no es poner una reja más alta; es volver a prender esa luz al final del pasillo.

Esa luz la prendemos nosotros cuando saludamos al vecino, ocupamos el parque y no somos indiferentes. Quiero dejar a mis hijos y nietos un país donde “avísame cuando llegues” vuelva a ser “que te vaya bien”. ¡Quiero que caminen mi Guayaquil, porque si no hacemos algo hoy, el Ecuador que amamos se perderá!

Teresita Sandoval

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