La envidia se llama Cuenca
Cuenca lidera el ranking de calidad de vida de Maps Interlude y es un ejemplo de colaboración público-privada que logra seguridad y turismo de clase mundial

Cuenca destaca como la ciudad más bonita y segura de Ecuador por su calidad de vida, turismo, limpieza, gastronomía y planificación urbana.
No sé si son las cúpulas, el centro histórico, la catedral o la comida, pero Cuenca es sin duda la ciudad más bonita de Ecuador. Este último feriado tuve la suerte de viajar por tierra a visitar la ciudad de la que uno no quiere irse. Cuenca lidera la lista de las ciudades con mejor calidad de vida según el Maps Interlude. Le gana a las grandes capitales de Latinoamérica por una combinación de variables que la hacen especial. Reúne las características ideales para ganarse el reconocimiento. Primero, tiene un centro histórico que es el punto de encuentro para la ciudad. Comercio, educación, gastronomía, hotelería, negocios, todo convive en un lugar que la hace funcional, no es solo un espacio turístico.
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La inversión en hospitalidad se siente como turista, en cómo se han dedicado a ser serviciales y amables, con etiqueta de clase mundial. Un esfuerzo coordinado entre inversión pública y privada con un solo objetivo: hacer de la ciudad una fuente de prosperidad. Esa colaboración se ve en los resultados y nos da ánimos de soñar que sí es posible organizarse por un bien superior. La limpieza de calles y espacios públicos es digna de admirar. Fue toda una sorpresa ver los camiones de limpieza por las noches, preparándose para un siguiente día lleno de visitas y turismo.
Lo que todo el Ecuador le envida a Cuenca
Para los ecuatorianos, Cuenca tiene algo que hoy en día es un tesoro: la seguridad. Regresar a las 11 de la noche caminando de un restaurante al hotel es un lujo que siento que en Quito no me puedo dar. La seguridad es parte del atractivo y todos los anfitriones te lo repiten por donde vas: “aquí estás tranquilo”. Finalmente, Cuenca tiene una gobernanza con visión, propósito, planificación urbana y constancia.
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Al regresar de esta ciudad sentí envidia por los cuencanos. No por su hermosa ciudad, porque Quito es una joya con el mismo potencial, sino por la coordinación, cooperación y compromiso que parecen una receta sencilla y resultan, en la práctica, un bien escaso en el país. Cuenca demuestra que ninguna de esas virtudes requiere un milagro, sino decisión. Y mientras seguimos solo quejándonos en la sobremesa, los cuencanos nos recuerdan, con la calma de quien camina tranquilo a las 11 de la noche, que las ciudades no se salvan solas. Las salvan quienes deciden hacerse cargo.