Diario Expreso Ecuador

El auge de las operaciones de reputación

La reputación es un capital social en riesgo frente a rumores falsos y campañas de odio digitales que usan desinformación para destruir la imagen en redes

Las operaciones de reputación (rep-ops) usan desinformación en redes y ámbitos locales para destruir la credibilidad social y profesional de personas comunes.

Las operaciones de reputación (rep-ops) usan desinformación en redes y ámbitos locales para destruir la credibilidad social y profesional de personas comunes.Generada con IA

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Antes, los ataques a la reputación eran el precio de la fama; hoy son un riesgo cotidiano. Cualquiera con algo que perder es vulnerable: en línea, el daño se propaga más lejos y rápido que la verdad. Si uno es blanco de una campaña destinada a destruir su imagen, podría perder mucho más que solo pasar un mal rato.

Bienvenido al mundo de las operaciones de reputación (rep-ops): intentos deliberados de socavar la credibilidad de un objetivo y aislarlo social y profesionalmente mediante la amplificación estratégica de información falsa o maliciosa. Su meta principal es alterar la imagen de la víctima en redes, donde la credibilidad y el acceso son la moneda de cambio. Cuando colegas dudan, amigos se distancian y empleadores sospechan, la operación triunfa.

Estas campañas usan tácticas heredadas de la desinformación y las operaciones psicológicas (psyops) soviéticas. Durante la Guerra Fría, la "Operación Infektion" difundió la mentira de que EE. UU. creó el virus del sida. En 2014, la Agencia de Investigación de Internet de Rusia llevó estas técnicas a las redes sociales mediante cuentas ficticias, contenido polarizador y movilizaciones para influir en las elecciones de 2016.

Un capital social casi imposible de recuperar

Hoy, esas mismas dinámicas afectan a personas comunes. El año pasado, una red de cuentas anónimas amplificó un rumor falso sobre una estudiante de 18 años. Su caso demuestra que cualquiera puede convertirse en blanco de la noche a la mañana.

La guerra de reputación también es un mecanismo defensivo de las instituciones. Cuando Sinéad O’Connor denunció los abusos del clero en los años noventa, sufrió un escarnio feroz; debieron pasar diez años para que investigaciones periodísticas confirmaran el encubrimiento. La diferencia es que hoy las personas comunes enfrentan este tipo de campañas masivas sin necesidad de ser figuras públicas.

Tampoco se limitan al entorno digital. Shaakirrah Sanders, profesora de Derecho negra en la Universidad de Idaho, expresó preocupación por sesgos raciales y sufrió una campaña interna de desprestigio por parte de los administradores para socavar su prestigio académico. Un juez federal calificó las acciones como represalias, derivando en un acuerdo indemnizatorio de 750.000 dólares.

La reputación es un capital social que determina el empleo, los ingresos y las relaciones. Destruirla puede ser obra de un troll o una maniobra calculada para desacreditar a un acusador o ganar influencia.

El problema es desconcertante: la desinformación moldea el pensamiento aun después de ser desmentida, y la simple repetición aumenta la percepción de veracidad. Aunque aprendemos a detectar noticias falsas, las rep-ops plantean algo más sutil: alterar la forma en que el entorno trata a una persona. Dado que la reputación perdida es casi imposible de recuperar, estas campañas resultan socialmente corrosivas y erosionan la noción de verdades compartidas.

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