
Kath Guerrero: la fotógrafa que lleva la imagen afro a escenarios internacionales
Sus fotos publicadas en revistas y plataformas globales son una nueva forma de narrar lo afro desde Ecuador.
Katherin Guerrero, más conocida como Kath, fotografía desde la intuición, pero también desde la memoria. Nacida en Esmeraldas, con una infancia atravesada por Quito y una etapa en Lago Agrio, en plena Amazonía ecuatoriana, su mirada se ha construido entre territorios distintos que hoy conviven en su trabajo: la fuerza de lo afro, la sensibilidad de lo cotidiano y una estética que no busca la perfección, sino conexión. “La belleza está en cualquier espacio”, dice, y en sus imágenes, ya sea en un retrato, una escena de calle o un editorial de moda, esa idea se vuelve evidente.
Su historia con la cámara empezó temprano, a los 12 años, en los talleres del Centro de Arte Contemporáneo de Quito. Pero fue años después, desde lo empírico, cuando esa curiosidad se volvió lenguaje. Sin estudio, sin producción, sin más recursos que “mi cámara, una tela y lo que tenía en mano”, construyó la imagen que cambiaría todo: una fotografía nacida en pandemia que no solo se viralizó, sino que cruzó fronteras y narrativas.
Las diferentes fotografías que hizo después llegaron a plataformas y publicaciones internacionales como Prazzle Arts, Afro Style Magazine, Malvie Magazine, Mob Journal y Artells Magazine, además de medios como Midia Ninja y Foto Femme United. Su trabajo también ha sido parte de colaboraciones en ciudades como Londres y Nueva York, y publicado en el libro My Eye Got Lazy Vol. 13, lanzado en Brooklyn en 2025.
Pero más allá de la proyección internacional, hay una línea que atraviesa toda su obra: la representación. Fotografiar la comunidad afro no es, para ella, un gesto estético, sino un acto de construcción. “No es una foto tomada a distancia. Es algo que primero conversamos”, explica. En su proceso hay diálogo y consentimiento.
En diálogo con revista EXPRESIONES narra sobre cómo este arte se volvió un emprendimiento que se mueve entre diferentes espacios: la moda y la cotidianidad, lo editorial y lo íntimo.
“La fotografía me permite mostrar otras realidades”
Viene de un entorno atravesado por Esmeraldas, la Amazonía y Quito. ¿Qué le aporta eso a su estilo fotográfico?
Muchísimo. A nivel visual, claro, tienes escenarios muy potentes. Pero más allá de eso, es aprender a ver. Entender que la belleza está en cualquier espacio, no solo en lo “perfecto”. Muchas veces llego a un lugar sin haberlo visto antes y ahí mismo construyo la imagen.
¿Qué buscas generar cuando alguien ve su trabajo?
Un poco de todo: conciencia, emoción, impacto. Me interesa que cada persona pueda interpretar desde su propia historia. Con la fotografía de la pandemia, por ejemplo, muchas personas la relacionaron con el contexto racial en Estados Unidos en ese momento. Yo no la hice desde ese lugar, pero ahí entendí algo importante: una imagen no te pertenece del todo cuando sale al mundo.
Además del retrato, trabaja paisaje y territorio. ¿Qué le ha dejado ese proceso?
La fotografía me permitió conocer lugares como Borbón, en Esmeraldas. Más allá de pedir permiso para una foto, lo importante es la conexión con las personas, caminar junto a ellas, escuchar sus historias. Hay realidades muy duras que siguen presentes, y la fotografía es una herramienta poderosa para mostrarlas.
Desde su trabajo, ¿cómo narra la historia afro más allá de lo académico?
Creo que el arte permite contar la historia afro desde otro lugar, no solo desde lo escrito. A través de la imagen puedes abrir imaginarios, incluso proyectar futuros. Eso lo vi muy claro en una exposición de afrofuturismo en el Centro de Arte Contemporáneo. Son espacios que generan conciencia sobre cómo nos vemos y cómo nos proyectamos.
¿Siente que ese cambio también ha impactado a la moda?
Totalmente. Hay un antes y un después. Hoy existe más respeto, más estudio y más intención por parte de diseñadores y marcas. Se ve más diversidad, más representación. Antes era muy limitada; ahora hay un movimiento mucho más visible.

“Hay una comunidad afro muy fuerte en Quito”
Mudarse a Quito no solo fue un cambio de ciudad, fue un punto de inflexión en su forma de crear. “Me permitió crear red”, dice, y en esa red de estilistas, maquilladores y modelos, encontró algo que en Esmeraldas era más difícil: construir en equipo. La ciudad, más que transformarla, la afinó. “Quito me ayudó a profesionalizar mi trabajo y a pulir mi proceso creativo”, explica, marcando el paso de una práctica intuitiva a una propuesta más estructurada, sin perder su esencia.
En Quito también encontró una comunidad. “Existe una comunidad afro muy fuerte”, señala, un tejido que se expande desde la fotografía hasta otras disciplinas artísticas. En ese contexto, su trabajo no busca enseñar desde arriba, sino acompañar desde dentro. “Más que educar, creo que fortalece”, afirma. Porque en cada imagen hay una intención clara: dar espacio a narrativas que ya existen, pero que durante mucho tiempo no han tenido visibilidad.
Desde la moda
Kath ha ido consolidando su trabajo dentro de la industria de la moda ecuatoriana, colaborando con marcas como Florencia Dávalos, Orrthiz, Essentially Mindful y más donde su mirada, atravesada por la identidad y la estética, dialoga con nuevas formas de representación.
Su enfoque no se limita a la imagen final: cada vez más, se involucra en la construcción conceptual de los proyectos, entendiendo la fotografía como un lenguaje que articula narrativa, styling y dirección creativa.
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