El cine en Guayaquil: su llegada, los palcos secretos para gente de luto y más

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El cine en Guayaquil: su llegada, los palcos secretos para gente de luto y más

GUAYAQUIL BICENTENARIO. Un alemán y un español fueron los encargados de traer el séptimo arte a Guayaquil. Conoce esta apasionante historia

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El cine en Guayaquil fue un éxito masivo desde que llegó.GRANASA

Cuando en 1907 llegaron a Guayaquil las películas silentes (mudas) traídas por Julio Wickenhauser y Enrique Casajuana (W-C) comenzaron a proliferar las salas de cinematógrafos o cines, como después se llamaron, con sus plateas y palcos (algunos de estos era para las personas de luto y estaban ubicados a ambos costados del escenario, con venecianas que podían subirse y bajarse). Llegué a conocer los del teatro Parisiana.

Esos palcos eran ocupados por las personas que habían perdido a algún ser querido y deseaban distraerse sanamente sin provocar el escándalo social de romper un duelo, que según las normas establecidas por el Manual de urbanidad y buenas maneras de Carreño, debía durar cuando menos un año o algo más, en función de los sentimientos de cada quien. Los tales palcos aparecían vacíos, pero cuando se apagaban las luces para proyectar los filmes comenzaban a llenarse y desde la platea veíamos a los deudos que cautelosamente abrían las venecianas, retirándose precipitadamente de la sala poco antes del final para que nadie los viese entrar ni salir.

Wickenhauser tenía 28 años y acababa de graduarse de ingeniero eléctrico en su natal BadenWurttemberg (Alemania), cuando con ocasión de su primera visita a París se interesó en el avance de la industria fílmica. Conoció a Max Linden, el maestro de Chaplin, hizo amistad con un joven español llamado Enrique Casajuana y juntando capitales adquirieron cien filmes mudos y cuatro equipos de proyección y sus recargas de carbones y se vinieron a Guayaquil, donde Casajuana tenía parientes y amigos. Primero montaron una carpa en la plaza de la Victoria, que entonces era un descampado bueno para corridas de toros, peleas de box y de gallos, bailes populares, con retretas, etc.

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Sin embargo, no fueron los primeros exhibidores de películas; antes habían visitado nuestra urbe los empresarios Jackson-Encalada, luego la empresa de cinematógrafo de Herman Siegler y antes que ellos solo se pasaba la Linterna Mágica, dispositivo para mirar tomas fijas con un carrete para hacerlas parecer en movimiento.

UN ÉXITO COLOSAL

La temporada de los jóvenes WC se inició con La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, en versión completa desde la Anunciación hasta la Elevación a los Cielos, producida por la empresa Patté Freres de París. La carpa no poseía muchos asientos, de suerte que el público llevaba sus propias sillas.

Aquí, Histoire d'un crime (1901), una película de la época:

El éxito fue colosal, la Iglesia apoyaba abiertamente el nuevo arte, el vecindario pugnaba por ingresar y las funciones se repetían incansablemente cuando comenzaba a oscurecer, después de las seis de la tarde. Todos se hacían lenguas del nuevo fenómeno cultural, sin los tropiezos del teatro, que calificaban de espectáculo perjudicial para las buenas costumbres. Mas, a las pocas semanas comenzó la competencia en un solar municipal frente al malecón, donde se levantarían dos piscinas y se realizó el Primer Certamen Nacional de Belleza en 1930.

Quizá por esta causa los socios W-C decidieron trasladarse a Quito, llevando el famoso invento, y tal fue el interés que despertó el cinematógrafo que el presidente Eloy Alfaro concurrió a la función inaugural en el Teatro Sucre. Pero la sociedad terminó, Casajuana viajó a Valparaíso y Wickenhauser comenzó a recorrer el país con presentaciones públicas y hasta privadas en los colegios. 

En 1909 adquirió un extenso solar y construyó un canchón llamado pomposamente Cine Victoria. El año 11 alquiló un local en el colegio Benigno Malo de Cuenca; se le habían acabado los carbones de su equipo y usaba unos nuevos importados de Francia. En la década siguiente manejaba una cadena de cines de Guayaquil, Quito y Cuenca. En nuestra urbe era propietario de los cines Victoria y Colón, y arrendaba el Edén; en Cuenca del Variedades.

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Aparte de las películas en el Edén se presentaron numerosos espectáculos a beneficio de la Sociedad El Belén del Huérfano y La Legión Femenina de Educación Popular. Las compañías de teatro argentinas y españolas también se lucían y cuando arribaban a Guayaquil personalidades del arte, la política o la cultura, su cita obligada era el Edén. Uno de los últimos actos ocurrió en los años cincuenta, cuando vino fray Guadalupe Mojica, el gran tenor mexicano y actor de cine en Hollywood. Esa noche se llenó el cine de ramos de flores llevados por la flor y nata guayaquileña en honor a su ídolo.