La pasión del coleccionismo exige más espacios y garantías para exhibiciones
Aficionados comparten el valor emocional de sus piezas, pero señalan que lafalta de recintos acondicionados los obliga a mantenerlas confinadas

La colección de ferromodelismo de Thomas Pellehn.
El coleccionismo en Guayaquil evidencia una madurez que supera la repisa del hogar. Sus protagonistas fungen como curadores, pero enfrentan un obstáculo transversal: exigen que la ciudad les brinde la infraestructura y las garantías para compartir ese legado, antes de que termine guardado en cajas o se pierda en el anonimato.
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Pasión con déficit de garantías para exhibir
El diagnóstico lo lidera Ginger Altamirano, asidua participante de ferias de juguetes. Para ella, el coleccionismo es la pasión por conservar con cuidado objetos que movilizan emociones a través del tiempo. Su exigencia es directa: urge un techo formal, un museo donde las piezas puedan exhibirse y recibir mantenimiento para las siguientes generaciones, una vez que sus dueños originales ya no estén para custodiarlas.
Esa misma demanda cruza diferentes vertientes de esta afición. Andrés Wickenhauser posee una de las colecciones más variadas y completas del mundo de ‘Masters of the Universe’ (He-Man). Como “complicionista”, busca documentar la historia del juguete, atesorando desde sus primeros Silverhawks hasta figuras actuales raras, como un Webstor valorado en más de 400 dólares o piezas exclusivas de la línea Origins.

Las repisas de Wickenhauser exhiben piezas únicas del universo de He-Man.
Como conocedor técnico, Wickenhauser marca distancia de los fabricantes tradicionales y hoy prefiere firmas asiáticas ante la baja de calidad de gigantes comerciales. Su dedicación es tal que la colección cuenta con un seguro especial contra robos, incendios y sismos. “Se van a quedar conmigo hasta que algo muy importante o radical pase en mi vida”, advierte. Está dispuesto a exhibir su archivo, pero la falta de garantías y de pólizas en recintos locales frena cualquier iniciativa.

Wickenhauser tiene asegurada la sala donde almacena su colección
Para muchos, el impulso de coleccionar madura hasta convertirse en un ejercicio riguroso de preservación histórica, estética y personal. Thomas Pellehn materializa esta premisa en una sala que logró adecuar en su casa: desde 1990 construye una maqueta ferromodelística de 56 metros cuadrados a escala 1:87 (HO).

Pellehn, cuidando los detalles de las maquetas que ha armado durante más de veinte años.
La estructura, que consolida años de diseño junto a dos arquitectos paisajistas y un ingeniero electrónico, recrea biomas dispares y situaciones minuciosas: un volcán Cotopaxi que emana vapor real, una pista de patinaje sobre hielo, minas de carbón, un oso trepando e incluso la intervención de un escuadrón de policía repeliendo a comandos desde un helicóptero.

En el ferromodelismo, considera que los detalles son lo más valioso de su obra. En la maqueta se aprecian distintos escenarios.
Pellehn se sumerge en esta minuciosa labor, ajustando elementos en una escena urbana flanqueada por trenes de carga, tanqueros y vegetación a escala. No se trata de un simple adorno estático. El circuito cuenta con la programación y la precisión técnica para que cuatro locomotoras transiten de forma simultánea a 70 kilómetros por hora, arrastrando seis vagones cada una sin colisionar.
“Aquí hay un placer en armar y ver un conjunto estético que asimila tanto la realidad. Es como tener una pequeña ciudad dentro de un espacio propio”, relata. Su aspiración a futuro es que su obra abandone el encierro y se exponga en un museo, resguardada por cristales, para el aprecio del público y de estudiantes.

En la sala también tiene diferentes locomotoras de colección enmarcadas
Y es que la cacería de objetos a menudo se confunde con la especulación financiera, opacando su propósito cultural. Steve Erique, de 52 años, lleva tres décadas coleccionando artículos de ‘Star Wars’, enfocándose en la trilogía original de George Lucas. Su afición nació con un cuento ilustrado con vinilo de 45 RPM regalado por su madre y se consolidó en los años noventa comprando figuras en la antigua tienda Fimco, en el centro de Guayaquil.
“El coleccionismo siempre es interpretado de forma errónea. Mucha gente cree que va a conseguir jubilarse por venderlos a precios inverosímiles. Muy pocas veces sucede eso”, aclara Erique, desmarcándose de los revendedores.
Para él, el valor real radica en la experiencia humana. En 2019 expuso parte de sus piezas en el Museo de la Lojanidad de la Universidad Técnica Particular de Loja, donde constató cómo las figuras servían de puente integrador entre abuelos, padres e hijos.
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La ilusión que una colección trascienda en el tiempo
Hoy, ante la falta de apoyo y de espacio físico, migró hacia la recolección de pines de cultura pop y dedica sus esfuerzos a catalogar sus artículos en un sitio web propio, dejando un registro ordenado para su familia. Al igual que Pellehn, ante la ausencia de espacios públicos, proyecta abrir un minimuseo casero.
Frente a infancias cada vez más digitalizadas, visibilizar estas colecciones asoma como un refugio palpable. Wickenhauser critica la actual dependencia a la tecnología, que hace que la imaginación de los menores se confine en una pantalla. “El coleccionismo es como un bálsamo. Estás preservando y cuidando a tu niño interior. Si lo dejas morir, te vuelves amargo”, reflexiona.
Esta preservación, respaldada en lo físico, también se hereda. Victoria Pólit es coleccionista de Funkos, una afición que decantó por influencia directa de su padre, Roberto Pólit.

Roberto y su hija Victoria. La pasión por las películas y las colecciones fue algo heredado.
“Siento que mis colecciones dicen mucho de mi personalidad. Este ‘gen coleccionista’ me lo pasó mi papi por el gusto a las películas”, comenta Victoria. Para Roberto, quien comparte esta dinámica con sus otros hijos, el pasatiempo trasciende la simple acumulación: “He hecho un buen trabajo. Es un hobbie que nos une más como familia”.