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Diario Expreso Ecuador

inseguridad en Guayaquil

Niños y adolescentes reclutados para crimen en Guayaquil: Bandas buscan líderes y cantantes

Jóvenes del noroeste de Guayaquil relatan cómo las bandas buscan adolescentes con liderazgo, fuerza o habilidades para integrarlos en actividades delictivas

En el noroeste de Guayaquil, las bandas criminales reclutan a jóvenes del mismo barrio.

En el noroeste de Guayaquil, las bandas criminales reclutan a jóvenes del mismo barrio.ARCHIVO

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Lo que se sabe

  • Jóvenes cuentan a EXPRESO cómo opera el reclutamiento criminal en barrios de Guayaquil
  • Bandas buscan adolescentes con liderazgo para fortalecer sus estructuras
  • 603 menores de 15 años fueron asesinados en Ecuador entre 2014 y 2025

Las bandas criminales dejaron de buscar únicamente adultos. Jóvenes del noroeste de Guayaquil cuentan cómo los grupos armados identifican adolescentes con liderazgo y los atraen con dinero, poder y pertenencia.

“Ese man fue mi compañero de confirmación y ahora escribe los cantos de las bandas. Ellos andan viendo quién tiene liderazgo, quién sabe contabilidad y hasta quién sabe cantar”. Bryan lo cuenta sin bajar la voz, como si hablara del clima. Tiene 19 años y creció en el noroeste de Guayaquil, donde las conversaciones sobre balaceras, extorsiones y reclutamientos dejaron de sorprender hace tiempo.

Cada tarde encuentra un respiro al reunirse con Andrés y Pedro, dos amigos que, como él, aprendieron demasiado pronto a distinguir el ruido de una motocicleta del de una ráfaga de fusil. Desde sus casas escuchan los disparos que salen de la escuela de sicarios del sector como quien oye el ladrido insistente de un perro del vecindario: un sonido que nadie quiere escuchar, pero al que todos terminaron acostumbrándose.

En esos barrios el miedo ya no se limita al robo o a la extorsión. Aquí el terror tiene otra forma: recluta, busca adolescentes con facilidad para mandar, buena memoria, fuerza para correr o una voz capaz de entonar los himnos de una organización criminal.

Entre 2024 y 2026, decenas de menores de 15 años murieron en estas calles. Bryan ha asistido a más velorios de amigos de los que quisiera recordar.

Los reclutadores tampoco llegan desde lejos. Son muchachos del mismo barrio. Compartieron pupitres, canchas de tierra y partidos interminables bajo el sol de Guayaquil. Todavía se saludan cuando se cruzan. A veces incluso conversan. Después cada uno sigue su camino: unos regresan a la universidad; otros cargan un arma en la cintura.

Crecer al lado de una escuela de sicarios en Guayaquil

Andrés teme más por él que por sus hermanos menores. Estudia en la universidad y aceptó hablar con EXPRESO porque todavía cree (aunque cada vez le cuesta más) que contar lo que ocurre puede servir para algo.

“En el barrio nadie te obliga a participar, pero hay códigos. Si tu familia no se va a meter con la banda, es mejor mantenerse lejos de ciertos lugares. De la escuela de sicarios, por ejemplo”.

Lo dice con la naturalidad de quien señala una cancha de fútbol o una tienda del vecindario. La escuela de sicarios forma parte del paisaje. Todos saben dónde queda, escondida entre la maleza. Todos saben también cuándo es mejor no pasar por ahí.

Precauciones que se toman en los barrios de Guayaquil

Por eso, cuando sale de la universidad, Andrés prefiere encontrarse con Bryan y Pedro en la Plaza de la Administración, en el centro de la ciudad. Permanecen allí hasta que cae la tarde. Ninguno quiere volver demasiado temprano a su barrio, pero tampoco regresar demasiado tarde.

Las mujeres también ocupan un espacio dentro de esa economía criminal. Algunas administran puntos de venta de droga; otras son utilizadas para cobrar extorsiones en locales comerciales. Los puestos de mando, sin embargo, siguen siendo territorio de hombres.

“Da pena. Hay peladitos de 10 años que pasan solos en la casa. Entonces llegan los de la banda, que tienen 16 o 17 años, les dicen que esa vida es bacán, que van a tener plata, ropa, respeto... y así empiezan. No hay programas sociales, no hay trabajo, no hay espacios para hacer otra cosa. No hay nada”.

Las bandas no irrumpen en el barrio, crecen dentro de él. Reclutan con el mismo lenguaje, los mismos acentos y las mismas historias compartidas. Los niños no conocen primero a los delincuentes; conocen primero a los vecinos. Después descubren que suelen ser la misma persona.

A las cinco de la tarde los tres amigos se despiden. Calculan la hora con la precisión de quien sabe que, en ciertos barrios, el tiempo también puede costar la vida. La mayoría de los vecinos rechazan a los grupos armados, pero también aprendieron que, frente a hombres con fusiles, el silencio suele ser la forma más segura de sobrevivir.

Cuando las cifras cuentan la misma historia de inseguridad

Lo que viven Bryan, Andrés y Pedro también aparece en las estadísticas. Un análisis elaborado por el sociólogo Rubén Aroca muestra que entre 2014 y 2025 las víctimas de homicidio intencional en Ecuador pasaron de 1.310 a 8.933 casos, un incremento de 581,9 %. En ese mismo período fueron asesinados 603 menores de 15 años.

El investigador sostiene que detrás de esas cifras existen dos patrones claramente diferenciados:

  • El primero corresponde a la violencia intrafamiliar y se ha mantenido relativamente estable;
  • El segundo, que se acelera desde 2021 y afecta principalmente a preadolescentes de entre 10 y 14 años, es ejecutado mayoritariamente con armas de fuego y aparece asociado a amenazas, microtráfico y dinámicas compatibles con el reclutamiento de menores por organizaciones criminales.

El estudio también confirma el predominio de las armas de fuego. Entre las víctimas mayores de 15 años, el 79 % fue asesinado con disparos. Entre los menores a esa edad, el porcentaje alcanza el 55,6 %.

Para Aroca, la coincidencia en tiempo entre el crecimiento de estos homicidios y la expansión del crimen organizado revela un cambio profundo en la forma en que los grupos criminales utilizan a niños y adolescentes dentro de sus estructuras.

“Mejor chiro, pero vivo”, dicen en las calles de Guayaquil

Pedro conoce esas cifras sin haber leído el estudio. Las aprendió caminando por las calles del noroeste. Allí las ofertas siempre empiezan igual: ropa de marca, motocicletas, dinero rápido, poder y respeto. “Mejor chiro (sin dinero), pero vivo”, dice entre risas, aunque nadie se ríe demasiado.

Estudia en la universidad, hace trabajos informales cuando puede y, cuando el futuro se vuelve una broma amarga, asegura que terminará disfrazándose de un personaje de Marvel para vender contenido en OnlyFans. Es su manera de reírse de la precariedad antes de que la precariedad termine riéndose de él.

Como miles de jóvenes, él y sus amigos se inscribieron en el programa Empleo Joven. Ninguno ha recibido una llamada.

Hace dos años estuvo a punto de convertirse en otra estadística. Su familia nunca perteneció a una organización criminal, pero el cabecilla de una banda vio en él lo que buscaba: liderazgo, presencia y capacidad para mandar.

En esos barrios, esas cualidades pueden abrir las puertas de una universidad o convertir a un adolescente en un soldado. Con demasiada frecuencia, las bandas llegan primero.

Pedro tuvo la valentía de negarse. Desde entonces dejó el barrio y cambió de domicilio. Prefiere no revelar dónde vive porque teme que quienes intentaron reclutarlo vuelvan a buscarlo.

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