Sostenibilidad
Un estudio de 17 años saca a la luz la fauna que el cemento no borró en Guayaquil
Investigación académica cómo 63 especies de anfibios y reptiles sobreviven al cemento en esta urbe. Son joyas nativas acorraladas por la feroz expansión urbana

La herpetofauna es el conjunto de anfibios y reptiles.
A pesar de que en Guayaquil el asfalto asfixia las áreas verdes, su fauna ha mostrado una resiliencia digna de valorar. Entre 2008 y 2022, el área urbana de la ciudad creció un 26,4 %, devorando más de la mitad del bosque nativo, cuya cobertura cayó drásticamente de 5.857 a apenas 2.717 hectáreas. Hoy, solo el 3,31 % del territorio corresponde a vegetación original. Y, sin embargo, bajo el ruido, la contaminación y el asfalto, sobrevive un patrimonio biológico ignorado.

Frontera entre el bosque seco de la facultad de Ciencias Naturales de la UG y la urbanización. Norte de Guayaquil.
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Un refugio biológico de 17 años de estudio
El inventario más exhaustivo realizado hasta la fecha sobre herpetofauna urbana, basado en 17 años de trabajo de campo (2008-2025) y liderado por el investigador Keyko Cruz-García, revela un dato contundente: la urbe alberga 63 especies (19 anfibios y 44 reptiles).

Estas especies incluso comen pequeños reptiles, otras ranas y roedores
No se trata solo de las tradicionales iguanas del Parque Seminario. El hallazgo de mayor impacto científico es la reaparición de especies que se creían extintas a nivel local. La culebra Drymobius rhombifer validó su presencia tras no existir registros desde 1881, mientras que la Caecilia tenuissima, un anfibio de hábitos subterráneos, reapareció tras casi 50 años sin ser detectada.
“La Drymobius es similar a otras serpientes y las personas pueden confundirlas”, explica Cruz-García. Andrea Narváez, coautora del estudio, añade que este “vacío” de décadas evidencia que los monitoreos pasados fueron insuficientes o que estas especies tienen comportamientos que eludieron los registros. Lograron sobrevivir porque casi el 80 % de las especies se concentra en el corredor Chongón-Colonche, que aún mantiene conexión con zonas no urbanizadas.
Urbanismo depredador: invasoras vs. nativas
El conflicto apunta hacia el urbanismo depredador. Mientras las especies sensibles retroceden, las invasoras prosperan. Julián Pérez, investigador de la ESPOL, advierte que la rana toro halla en Guayaquil un lugar ideal, devorando insectos y desplazando a las ranas nativas. Narváez explica el éxito de invasoras como la lagartija Anolis sagrei: “Tienen umbrales fisiológicos amplios. Son generalistas que usan tanto la vegetación como el cemento y se adaptan con facilidad, a diferencia de las especialistas que requieren recursos de su ambiente natural”.
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El peligro real para la fauna endémica es el encierro. Cruz-García alerta que las carreteras que bordean los remanentes forestales actúan como barreras definitivas. En este punto, Narváez aclara que, al quedar aisladas, las poblaciones sufren una diversidad genética reducida. “Esto las hace vulnerables a presiones selectivas que condicionan su supervivencia. Si el espacio se sigue reduciendo, probablemente desaparezcan por falta de recursos”, advierte.

Tortugas en el Parque Seminario, centro de Guayaquil.
Farmacias ambulantes y equilibrio ecológico
El factor del desconocimiento también es lesivo, traduciéndose en agresiones a machetazos o escobazos por miedo o repulsión. Sin embargo, su utilidad es vital para la salud pública. Ramón Zambrano, docente de Herpetología en la Universidad de Guayaquil (UG), es firme: reptiles y anfibios son el eslabón perfecto del equilibrio ecológico.
En el campus de la UG, un refugio incrustado en la ciudad, se han identificado 11 especies de reptiles y 7 de anfibios, cerca del 30 % de la herpetofauna documentada. Allí, la academia custodia casi mil especímenes científicos. “Las serpientes son las perfectas controladoras de roedores; a diferencia de las ratas, las enfermedades de los reptiles difícilmente saltan al humano”, detalla Zambrano.

Ramón Zambrano muestra un ejemplar del laboratorio didáctico.
Además, guardan un potencial farmacológico crítico. Hay venenos de serpientes con componentes para fabricar anticoagulantes cardíacos. “Los anfibios son verdaderas farmacias ambulantes; en la piel producen péptidos que los protegen de hongos con gran aplicación médica”, agrega el docente. No obstante, su valor como "termómetro ambiental" tiene matices. Narváez precisa que ver anfibios no siempre garantiza un ecosistema sano: “Hay ranas muy tolerantes a aguas contaminadas, como la Engystomops. Se requieren análisis químicos detallados para evaluar cuáles son verdaderos indicadores de buena calidad del agua”.
La herpetofauna guayaquileña es algo más que iguanas deambulantes. Es un patrimonio vivo y resiliente. Como concluye Pérez, la conservación no se trata de proteger áreas verdes como adorno, sino de garantizar sus funciones ecológicas en el tiempo. Guayaquil debe decidir si protege a los “fantasmas” que acaba de redescubrir o si los condena, esta vez de forma irreversible, bajo una nueva capa de cemento.

El parque Seminario también es conocido como el "parque de las iguanas".