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Diario Expreso Ecuador

Miguel Tapia: “Con Los Prisioneros siempre tuvimos expectativas muy altas”

El baterista de la banda chilena mantiene su música y mensaje vivos. Tocarán en Quito y en Guayaquil el 16 y 17 de octubre, en el evento RockLatam 2026

El baterista y productor Miguel Tapia se encuentra de gira por América Latina y Canadá con su agrupación, interpretando los clásicos de Los Prisioneros, banda muy querida en toda la región.

El baterista y productor Miguel Tapia se encuentra de gira por América Latina y Canadá con su agrupación, interpretando los clásicos de Los Prisioneros, banda muy querida en toda la región.Foto bluf

Marco Martinez
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A fines de la década de los ochenta, el rock latino se convirtió en el estilo omnipresente en las emisoras de radio y canales de TV que transmitían videos (Show de Bernard y Sintonizando, los más recordados).

En Argentina, país con una larga producción roquera propia, quizá ese boom no se vivió con tanta algarabía. Pero en países netamente tropicales como Ecuador, Colombia o Venezuela, escuchar rock cantado en español significó un remezón tremendo para la escena musical de la región.

El estilo fue muy bien recibido por gran parte de la juventud, pero también vapuleado por un sector de la sociedad. Así como sucede con el reguetón actualmente, en su momento el rock latino fue tachado de ‘vulgar’, ‘obsceno’ y ‘música mediocre’.

Una de las canciones que más revuelo causaron en aquellos años fue Sexo, del grupo chileno Los Prisioneros. Se los acusó de promover el libertinaje y la promiscuidad, cuando en realidad su letra era una crónica sobre la mercantilización de la sexualidad humana.

Y hay que considerar que en un país como Chile, regido entonces por una dictadura sangrienta, los artistas contestarios no solo corrían el riesgo de ser criticados, sino de amanecer en una fosa común o en la lista de desaparecidos.

Por eso es tan importante el legado de Los Prisioneros, que a pesar de su sonido más cercano al new wave que al rock propiamente dicho, representó su espíritu iconoclasta a la perfección, con letras que nos enseñaron que debemos tener los ojos bien abiertos ante la crueldad del poder y la divinización del dinero.

Su baterista, Miguel Tapia, mantiene viva la fuerza de esas canciones, que traerá a Quito el 16 de octubre, en un show en el coliseo Rumiñahui, y un día después a Guayaquil, en el estadio Modelo Alberto Spencer, junto a los grupos argentinos Vilma Palma E Vampiros y Los Auténticos Decadentes.

Su fama fue más poderosa que la dictadura

Celebraron hace poco los 40 años del disco Pateando piedras. ¿Sintieron una presion distinta con respecto a La voz de los 80, que al ser el primer disco, talvez lo hicieron sin una gran expectativa?

Ya el primer álbum lo hicimos con altas expectativas. Como jóvenes pusimos todas nuestras fichas a hacer un buen disco, grabarlo de la mejor forma posible, tomando en cuenta que en ese tiempo no existía una industria musical en Chile, tampoco había buenos estudios de grabación, no era la industria que tenía Argentina o México.

El primer disco salió bajo el sello chileno Fusión.

Era un sello que tuvo que crear en ese momento nuestro manager, Carlos Fonseca (+). Nosotros éramos tres muchachos que solo queríamos hacer música y conocimos en la universidad a nuestro manager, que nunca tampoco en su vida había pensado en ser mánager. Carlos puso el dinero para grabar el disco, pagar el estudio, pagar la carátula. Él creó su propio sello, y por ese sello propio salió el primer disco.

Ya el segundo disco salió con un sello internacional.

Con el primer disco tuvimos mucho éxito y dos años después firmamos con EMI Odeon. Sabíamos que teníamos que hacer un segundo disco y nació Pateando piedras. Pasamos de una banda de rock muy punk, a una banda más electrónica.

Todo eso en un momento de dictadura.

Sacamos ese primer disco en diciembre del año 1984, en formato cassette, y a los dos meses, en febrero, marzo, ya estaba en Suecia, en Alemania, porque producto justamente de la dictadura hubo mucho chileno exiliado. Nosotros teníamos un mensaje bien particular. Era social sin ser político. Nosotros no éramos de un partido político, nunca lo fuimos y ni lo somos. Solamente queríamos hacer canciones y teníamos conciencia de lo que pasaba en Chile en el tema de la dictadura.

¿Cómo lograron que su música no pareciera tan 'peligrosa' aparentemente para el régimen militar?

Fue tan rápido (nuestro éxito), que yo creo que las autoridades de aquella época no tuvieron tiempo para reaccionar. A pesar de que en un principio las radios no nos querían poner, se vieron obligados porque la fama de la banda hacía demasiado ruido. Y eso que no existían los medios que ahora hay, ni Instagram, ni Facebook, ni TikTok, ni otras plataformas.

El poder del boca a boca.

En esa época tocábamos en universidades. Muchos alumnos universitarios, que ya tenían una formación más intelectual, se engancharon mucho con Los Prisioneros. La banda reventó súper fuerte.

¿Alguna vez sintieron miedo de que la dictadura los silenciara?

Nos trataron de hacer algunas cosas. Yo recuerdo una vez que en el norte de Chile trataron de hacer algo con nosotros. Afortunadamente no se pudo. Yo noté algo extraño ahí. Hace muy pocos meses, un periodista que escribió un libro de Los Prisiones me comentó que él se contactó con otro periodista de la época que tenía contactos con la dictadura, una especie de soplón, y (le contó que) nosotros estuvimos cerca, cerca (de ser atacados), pero creo que la fama pudo más en ese momento.

Compartiendo escenario con su hijo Amaru

¿Quiénes son los músicos que lo acompañan en el escenario? En el grupo toca la batería su hijo Amaru.

Está Coti Badilla, que toca en Los Prisioneros desde 2003 o 2004. Está Amaru y en guitarra Marcel Soto, que es un excelente músico, reconocido acá en Chile. En el bajo está el profesor Alexis Bugueño. Y tocamos con secuencias, que van junto con las visuales detrás del escenario.

¿Qué significa para usted volver a Ecuador, donde Los Prisioneros es un grupo tan querido?

Ecuador es muy particular para nosotros porque es un país donde hasta hace algunos años solamente habíamos tocado en Quito y en Guayaquil, pero ahora estos últimos años lo hemos recorrido bastante. Ecuador es precioso, la gente es muy encantadora y para nosotros es un placer volver a tocar allá.

No solo en Ecuador son queridos y escuchados, sino en toda la región.

La gente, de principio a fin, canta todas las canciones: Muevan las industrias, Tren al sur, Estrechez de corazón, Quieren dinero, Sexo, Quién mató a Marilyn, We are sudamerican rockers... No es muy común en una banda tener tantas canciones conocidas.

Más que tratar de que las canciones suenen igual a aquellos primeros años, buscan mantener su esencia.

Creo que así como ha pasado el tiempo, el público se ha ido renovando de una manera increíble. Hace pocas semanas estaba en Santiago y unos niños, de 11 o 12 años, me pidieron tomarse una foto conmigo y uno de ellos me dijo: “Yo toco batería porque me gusta su banda”. Ha cambiado el público, pero las canciones en los conciertos son exactamente iguales a las originales. Eso sí me importa y me preocupa que la música suene igual.

“Jorge me felicitó”

El martes 15 de septiembre, en el Teatro Caupolicán de Santiago de Chile se realizó el concierto para celebrar el 40.º aniversario del disco Pateando piedras, con un lleno total.

Además de la excelente acogida del público y los buenos reportes de prensa, Miguel recibió un mensaje muy especial: el de Jorge González, bajista y cantante de la formación clásica de la banda.

“Jorge no puede tocar en vivo, él sufrió un ACV (accidente cerebrovascular). Puede hablar, pero no puede tocar un instrumento lamentablemente. Pero desde su espacio, desde su casa, desde su estado de salud, me felicitó por el concierto”, contó Miguel, quien después de presentarse en Ecuador tiene fechas agendadas en Bolivia, Canadá, Perú y Colombia, hasta diciembre.

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