Teatro / TV
Marcelo Gálvez: “Quería que me evaluaran por mi trabajo, no por mi apellido”
A las puertas de un reconocimiento, el actor se refiere al peso de su apellido, el valor de la docencia, la inclusión y los principios que lo han guiado

Marcelo Gálvez atribuye gran parte de su formación profesional y humana a las enseñanzas de su padre, Lucho Gálvez.
Lo que debes saber
- Con una carrera que abarca actuación, dirección, producción y docencia, Marcelo Gálvez sigue vigente en los escenarios.
- También dedica parte de su tiempo al trabajo con grupos vulnerables.
Hijo del actor y animador chileno Lucho Gálvez y de la periodista Alina Ortiz, Marcelo Gálvez (63) encontró desde muy joven su vocación y construyó una carrera que hoy suma más de 50 años de trayectoria.
Director, guionista, productor, locutor, actor y maestro ha dejado su huella en el teatro y la televisión ecuatoriana. Su nombre figura en producciones como Cómicos S.A., Isabela, Ángel o demonio, Dulce tormento, A la Costa, Emergencia, La niñera, Sin límites, Súper papá, El secreto de Toño Palomino, La pareja feliz, Tres familias y Juntos y revueltos.
Para celebrar su trabajo artístico, sus compañeros preparan un homenaje que se realizará en septiembre. La velada reunirá a colegas, amigos y familiares que han sido parte de su historia.
Es padre de cinco hijos. Juan, Gabriel y Daniel siguieron sus pasos. Andrea, quien reside en Estados Unidos, fue durante 20 años su mano derecha y productora. Mientras que Lucía es la menor de la familia.
Siempre activo y vinculado a los escenarios, prepara nuevas presentaciones teatrales. Próximamente protagonizará Hasta aquí llegamos, junto a Prisca Bustamante, y Amores prohibidos, con Pamela Palacios y Gabriel Garzón.
Recoger lo sembrado
¿Qué significa para usted este homenaje?
Es una cosecha, el momento de recoger lo sembrado. Será muy especial porque volveré a encontrarme con amigos y colegas con quienes no comparto desde hace años. Les he pedido que me regalen cinco minutos sobre el escenario. Además, estará mi familia, mis hermanos y mis hijos. Sin duda será una velada cargada de emociones.
El talento lo heredó de casa, pero ¿cómo descubrió que quería dedicar su vida al arte?
Casi siempre estaba en la primera fila de las presentaciones de mi padre, especialmente cuando viajaba fuera de la ciudad. Él llegó al Ecuador en 1959 y comenzó a trabajar con la compañía de Ernesto Albán. En sus contratos siempre pedía que le permitieran llevar a uno de sus hijos y, casi siempre, el afortunado era yo.
¿Qué experiencias le dejó esa cercanía con el mundo artístico?
Viví momentos inolvidables. Mi padre se hacía amigo de todo el mundo y gracias a eso conocí a grandes artistas. Recuerdo que una vez tuve a Los Panchos cantando al borde de mi cama en un hotel. Compartió con muchas figuras que se presentaban en ferias y teatros del país, así que tuve una infancia privilegiada. En la escuela les contaba a mis compañeros sobre los artistas que había conocido.
¿Llevar el apellido Gálvez fue una ventaja o una desventaja?
Al principio pensé que sería una desventaja. Cuando me inscribía en talleres de teatro evitaba decir que era hijo de Lucho Gálvez. Quería abrirme camino por mis propios méritos.
Entretenimiento
Valeria Mena retoma su carrera mientras se prepara para una nueva cirugía
Ingrid Balseca
¿En qué momento dejó de ocultarlo?
Recién cuando integré el grupo El Juglar. Mis compañeros y el director Ernesto Suárez conocieron a mi padre durante una presentación en la Casa de la Cultura Ecuatoriana. Hasta entonces había procurado que me evaluaran por mi trabajo y no por mi apellido. Heredé la locura, solo mi hermana Tábata es más loca que yo (risas).
¿Cuál considera que fue el mayor legado que le dejó su padre?
Más que el apellido, me dejó valores fundamentales: el amor por las tablas, el compromiso, la lealtad y la defensa de los compañeros como si fueran parte de la familia. Son principios que marcaron mi carrera y mi forma de entender el arte.
Lo que se viene...
¿Cómo aplicó esas enseñanzas en su vida profesional?
Muchas veces me ofrecieron ocupar el lugar de colegas porque consideraban que su ciclo había terminado. Siempre me negué. Les decía que quería seguir mirándolos a los ojos. Aprendí a respetar a quienes abrieron camino antes que nosotros. Me dejó una sólida formación humana y profesional. Me enseñó a manejarme correctamente dentro y fuera del escenario, a amar a mi patria y a respetar mi profesión.
El teatro sigue siendo una de sus grandes pasiones. ¿Qué proyectos tiene actualmente?
Con Prisca Bustamante me une una amistad de muchos años. En una conversación surgió la idea de escribir Hasta aquí llegamos, una obra que cuenta la historia de una pareja divorciada que vuelve a encontrarse porque su hija suspende la luna de miel.
En medio de ese reencuentro descubren que ya ni siquiera recuerdan las razones que los llevaron a separarse. Es una reflexión sobre la fragilidad de las relaciones humanas. Vivimos en una época en la que todo parece desechable, incluso los vínculos afectivos. La obra invita a cuestionarnos sobre eso. La estrenaremos el próximo mes dentro del programa Domingos de Arte, organizado por la Prefectura.
¿Hay otros proyectos teatrales en agenda?
El 19 de junio compartiré escenario con Pamela Palacios y Gabriel Garzón en Amores prohibidos, una producción que se presentará en el centro comercial Plaza Colonia, en la vía a la Costa.
También prepara un espectáculo vinculado al pasillo ecuatoriano. ¿De qué se trata?
En octubre, el Estudio Paulsen realizará un homenaje a los grandes intérpretes del pasillo con El mítico pasillo de don Ignacio. Es una propuesta teatral que combina actuación y música para rendir tributo a este género tan importante de nuestra identidad cultural.
¿También participará como cantante?
Sí. Además de actuar, cantaré durante la obra. Soy profesor del Estudio Paulsen y me entusiasma formar parte de un proyecto que rescata y celebra el patrimonio musical ecuatoriano.
Entretenimiento
Santiago Castro no se deja intimidar por la amenaza de cárcel impulsada por Samantha Grey
Ingrid Balseca
Además de su trabajo sobre los escenarios, también ha desarrollado una importante labor como maestro y formador. ¿Qué le ha aportado esa experiencia?
No solo soy profesor en el Estudio Paulsen; además, pronto retomaré los talleres de la Dirección de Inclusión Social del proyecto Valiente del Municipio. Trabajo con personas con discapacidades: hay ciegos, sordos, personas en silla de ruedas y jóvenes con síndrome de Down.
Muchas veces se dice que no pueden, pero sí pueden. He tenido alumnos con autismo; tienen una memoria excelente, recuerdan todo y son muy inteligentes. Los chicos con síndrome de Down son intensos física y emocionalmente. Cuando te abrazan, te rompen la espalda (risas), pero se involucran con mucha pasión en cada proyecto.
Seguramente trabajar con personas con discapacidades lo humanizó aún más…
Es otro nivel. Amo más mi profesión. Lo que yo hago en el escenario me sirve a mí, pero cuando doy clases le sirve al chico que las recibe y también a su familia. Ver a personas que creían que no iban a poder lograr algo y finalmente lo consiguen es muy gratificante. Ese es el gran reto.
La verdadera función del arte para mí, especialmente en los últimos años, es que el arte sana. También trabajo con la Unidad de Conductas Adictivas del Neurociencias y tengo un grupo espectacular. Es otro nivel; nos rescatamos juntos.
No se arrepiente de nada
Dicen que las oportunidades se las merece todo el mundo, aunque los influencers y chicos reality carezcan de experiencia.
La culpa no es del indio, sino de quien lo hizo compadre. Si contratas a alguien que no sabe dónde está parado, la responsabilidad es de quien lo puso ahí. Si durante las grabaciones o los ensayos tiene que repetir muchas veces, se retrasa el trabajo, aumenta el presupuesto, hay que asumir las consecuencias.

A sus 63 años se siente orgulloso del trabajo realizado.
No es nada nuevo; también pasaba antes, cuando ponían al amigo del gerente o del productor. En plena pandemia me tocó trabajar con dos influencers. Lo importante es que, en ocasiones, tienen ganas de aprender. No los rechazo porque cuando era chico también me lo hicieron a mí.
Su hermano, Fernando, fue parte de El Cholito Forever. Esa producción recibió muchas críticas.
Me llamaron para formar parte de la historia, pero mis compromisos como maestro me lo impidieron. No he visto ni un capítulo completo.
Cuando son padres, algunos actores prefieren que sus hijos tomen un camino diferente y no sigan sus pasos.
Mi papá me decía que me dedicara a algo de más provecho porque era una carrera ingrata. Sin embargo, el público ha sido muy generoso conmigo. Estoy feliz porque mis hijos se han hecho solos. Tienen un nivel profesional excelente. No me deben nada, más que la carga genética (risas).
Tras su recorrido por el arte, ¿se arrepiente de algo?
De nada. He cometido errores, la he embarrado un montón de veces, pero si no hubiera pasado por aquello, tal vez no habría rectificado ni recogido los frutos que hoy disfruto. He rechazado contratos con mucho dinero por papeles que no consideraba adecuados para mí y cuyas consecuencias podían afectar una imagen respetable, especialmente en la docencia. Quise dejar ese legado a mis alumnos y a mis hijos.