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Análisis Estratégico: Deslumbrados pero no ciegos
La Inteligencia Artificial se ha convertido en la tecnología más influyente de nuestra época, pero con riesgos concretos

El debate ya no gira alrededor de lo que la IA podría hacer algún día, sino de lo que está ocurriendo ahora.
Vivimos fascinados con la inteligencia artificial. Analiza datos en segundos, resume documentos interminables, genera imágenes, redacta informes, diseña estrategias; en síntesis, mejora la productividad. El relato es poderoso, consistente y rentable para quienes desarrollan y comercializan estas herramientas. Mientras la atención pública se concentra en sus capacidades, crecen riesgos concretos, más allá de la destrucción de puestos de trabajo, que ya afectan a empresas, medios de comunicación y consumidores.
La IA se ha convertido en la tecnología más influyente de nuestra época. Su potencial es indiscutible, así como la necesidad de debatir las consecuencias de su uso. El Papa León XIV lo planteó en Magnifica Humanitas, su encíclica. No la condena ni la presenta como una amenaza inevitable, la define como un talento puesto al servicio de la humanidad. Pero advierte que no puede considerarse moralmente neutra porque refleja las prioridades, intereses y valores de quienes la diseñan, financian, regulan y utilizan.
La advertencia llega en un momento oportuno. El debate ya no gira alrededor de lo que la IA podría hacer algún día, sino de lo que está ocurriendo ahora. Las discusiones sobre ética, privacidad, vigilancia, uso militar, derechos de autor, desinformación y manipulación de contenidos dejaron de ser hipótesis académicas para convertirse en problemas reales.
El caso de Anthropic, creadora de Claude, lo ilustra. La compañía intentó imponer límites sobre usos de su tecnología al Pentágono, especialmente aquellos relacionados con perfilamiento, vigilancia masiva y sistemas autónomos para eliminar personas. No pudo y le costó el contrato; pero otras empresas, como OpenAI, creadora de ChatGPT, no tuvieron reparos y lo aceptaron. Más allá de las controversias que rodean el caso, el episodio revela una pregunta clave: ¿hasta dónde debe llegar una empresa tecnológica cuando el uso de sus herramientas puede tener consecuencias humanas profundas?
La batalla legal entre CNN y Perplexity abre otro frente. El conflicto no se limita al uso ilegal de contenidos periodísticos para entrenar modelos de inteligencia artificial. También pone sobre la mesa la posibilidad de que la IA elabore información inexacta, incompleta, con la misma apariencia de legitimidad que una noticia verificada y la difunda.
Para quienes trabajamos en marketing, comunicación y reputación corporativa, este escenario merece atención. Una marca puede tardar décadas en construir credibilidad y perderla en cuestión de horas por una recomendación errónea, una respuesta alucinada de un chatbot o un contenido falso atribuido a ella. La promesa de eficiencia es enorme, pero también lo es el riesgo reputacional.
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A esto se suma la creciente dificultad para distinguir entre lo auténtico y lo creado artificialmente. Fotografías, videos y testimonios generados por inteligencia artificial alcanzan niveles de realismo impensables hace pocos años. La evidencia visual, que durante décadas fue considerada una prueba confiable, ya no ofrece las mismas garantías.
Nada de esto implica frenar la innovación. Sería tan inútil como haber intentado detener internet en los años noventa. La inteligencia artificial seguirá expandiéndose porque sus beneficios son demasiado valiosos para ser ignorados. La cuestión no es si avanzará, sino bajo qué reglas lo hará.
La IA puede convertirse en una de las herramientas más extraordinarias creadas por el ser humano. Lo que todavía no está garantizado es que siempre opere en beneficio de las personas. Si seguimos utilizándola sin cuestionarla, sin exigir transparencia y sin establecer límites claros, no estaremos deslumbrados por la tecnología, habremos elegido la ceguera voluntaria.