Tía Loca - procesión
Una procesión como pocasInteligencia artificial

Sudor, fe y sillas traicioneras: crónica de una procesión que casi me derrota

Entre devoción multitudinaria, calor tropical y estrategias cuidadosamente planificadas, así se vive la noche de Semana Santa

La Semana Santa es, para cualquier católico que se respete, el momento estelar del calendario. Con permiso de la Navidad, claro, que tiene la ventaja del pavo y los regalos. Este año decidí acompañar a un familiar a la procesión del Viernes de los Dolores en Panamá, dedicada a la Virgen María. Una experiencia de esas que uno vive rodeado de multitudes… algo que, confieso, practico muy poco en mi propio terruño.

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Aunque en Ecuador también abundan las procesiones en estas fechas, la de Panamá tiene un aire más cercano a las de España. Aquí desfilan tres andas principales: el Cristo crucificado, el descendimiento y, finalmente, la Virgen de los Dolores. Todo muy solemne, muy organizado y, por supuesto, muy concurrido.

La caminata se desarrollaba en el casco antiguo de la ciudad. Llegamos con tiempo suficiente para recorrer el sector “con despacio”, como dirían en el campo, y aprovechar la oferta gastronómica. Como era viernes y la tradición aconseja evitar la carne -excelente pretexto para ponerse creativo- terminamos degustando unos tortellini ripieni di gamberi; de postre, gelato al pistacchio. Y como acto de penitencia: ni una gota de vino.

Panamá, debo decirlo, compite con la costa ecuatoriana en el noble arte de hacernos sudar. La humedad te abraza con entusiasmo y el cuerpo responde produciendo ríos de transpiración. Si alguien me pidiera decidir cuál ciudad gana en esa disciplina, declararía sin titubeos un empate técnico.

Nos instalamos en una esquina que consideramos estratégica. Estratégica, claro, hasta que descubrimos que también era el corredor natural de todo aquel que necesitaba pasar de un lado a otro. Nuestro pequeño territorio de observación se convirtió en autopista peatonal.

Para resistir la espera llevábamos unas sillas plegables, de esas que permiten descansar… aproximadamente medio cachete. Algo ayudaron, aunque debo admitir que la vereda ofrecía mayor estabilidad. Entre vendedores de raspa’o, drones sobrevolando cabezas y una discusión improvisada entre dos asistentes, el espectáculo previo resultó bastante animado. 

El momento cumbre ocurrió cuando una de las sillas decidió rendirse ante el peso de uno de los acompañantes. Afortunadamente, con reflejos dignos de superhéroe, logramos reincorporarlo antes de que el incidente terminara en urgencias.

Una devoción con banda sonora

La pelea, por cierto, no sorprendía. Defender treinta centímetros cuadrados en una multitud turística es deporte de alto riesgo. Siempre hay alguien que siente invadido su espacio vital. Yo, precavida, llevaba la cartera al frente, brazos cruzados y espalda pegada a la pared. Táctica perfecta: recibir empujones solo por un lado del cuerpo.

Finalmente comenzó la procesión. Primero apareció una banda militar y varios señores vestidos con túnicas largas y sombreros bastante llamativos. Por un momento pensé que asistía a una convención secreta de masones. Hasta que surgió la primera anda, acompañada por música solemne y cargada por un grupo de hombres que avanzaban con paso lento y sincronizado.

Mientras la procesión avanzaba, decenas de velas encendidas y celulares levantados creaban una escena casi cinematográfica: una mezcla de devoción y tecnología perfecta para el selfie más espiritual de la noche.

Media hora después llegó la segunda. Y otra media hora más tarde apareció la Virgen de los Dolores, escoltada por el obispo de la ciudad, quien saludaba con entusiasmo y repartía bendiciones a diestra y siniestra mientras un dron, ese nuevo ángel mecánico del siglo XXI, registraba la escena.

Pero la jornada aún tenía un capítulo final: la llegada a la catedral. Caminamos exhaustos y rápido para asegurar un lugar frente al templo. A esas alturas los vendedores hacían su agosto con botellas de agua, mientras algunos devotos regalaban rosarios y estampitas.

Confieso que el cansancio y el clima hicieron lo suyo. Si mi sacrificio fue esperar, no quiero imaginar el de quienes cargaban aquellas esculturas hermosas… y definitivamente nada livianas.

La ceremonia terminó cerca de las diez de la noche. Y debo reconocer algo: realizar la procesión nocturna es una consideración admirable. En Ecuador muchas ocurren bajo el sol más inclemente, lo cual exige sombrero, termo de agua, abanico y quizá hasta pastillas para la presión.

La organización, eso sí, merece un rotundo diez sobre diez. La experiencia era algo que debía vivir. Pero, siendo completamente honesta, le pido al cielo que el clima sea más generoso con las próximas procesiones… aunque yo las observe desde una distancia prudente.

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