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Diario Expreso Ecuador

Rubia natural, pero la condenada a la esclavitud mensual de ocultar las canas

El paso del tiempo transforma las bendiciones de la infancia en batallas frente al espejo, donde la genética libra su combate contra el calendario

Una mirada irónica al espejo antes de la  cita mensual con el estilista

Una mirada irónica al espejo antes de la cita mensual con el estilistaInteligencia artificial

María Verónica Vernaza Guerrero
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Lo que debes saber:

  • El mito de la perfección de las rubias naturales se desarma con humor y vivencias reales.
  • La madurez impone una rutina de mantenimiento capilar costosa para las mujeres.
  • El cambio de look surge como una tentación frente a la monotonía y la presión social.

Dicen las malas lenguas que a los tres años -cuando todavía escaseaba mi melena dorada- me ponían lazos con cinta adhesiva en el cráneo pelado para salvaguardar mi feminidad. En los parques de Guayaquil, las señoras copetonas me hablaban en inglés bajo la firme sospecha de que era gringa. ¡Y yo solo masticaba a medias un mal español! Pasaron los años y mi santa madre soportó el alboroto de las vecinas que la acusaban de teñirme el cabello a tan tierna edad.

‘Rubia peligrosa’, ‘Mica dorada’, ‘Colorada infiel’, ‘Fula’, ‘Cabeza de choclo’... me llovían los apodos de las envidiosas. Para colmo, en las fiestas julianas de la escuela, mientras todas compraban lana importada para disfrazarse de ‘guayaquileña bonita’, yo desfilaba con trenzas hechas de auténtica cabuya del mercado.

Llegaron los festejos de quinceaños y con ellos mi peor pesadilla. Todas mis compañeras de colegio mutaron de la noche a la mañana a rubias platinadas artificiales y cabelleras con volumen gracias a las permanentes. En cambio yo, bendecida con rizos naturales, terminé en manos de peluqueras inexpertas que entraron en pánico. “¡Cortémosle el pelo!”, gritaron.

Pasé de tener una melena espectacular a parecer un fantasmita pálido vestido de blanco que flotaba por el salón de eventos. Luego apareció un estilista moderno que me soltó en la cara que las rubias debemos salir pintadas para tener presencia. A ver, pensé para mí, con la madurez prematura de mi adolescencia desbocada: los payasos se pintan, las mujeres nos maquillamos... hasta ahí llegó el especialista.

La tiranía del tinte mensual

El tiempo vuela y los milagros biológicos caducan. En estos días, mantener el estatus de rubia icónica exige sacrificios monumentales. Alcanzamos el temido momento de admitir que la naturaleza necesita un empujón. Ahora me pinto el pelo… sí, lo declaro sin miedo. Intento con devoción divina ser fiel a mi tono original, pero el proceso es un absoluto y literal dolor de cabeza. Es una verdadera esclavitud femenina que me obliga a visitar el salón cada mes para camuflar las raíces rebeldes. Estoy a un paso de dejarme el pelo blanco al estilo Andie MacDowell.

La presión social y las tendencias estéticas tampoco dan tregua en esta era tecnológica. El último gurú de la belleza me sugirió teñirme las cejas y pestañas de café para resaltar la mirada. Lo ejecuté, lo juro, pero el espejo me devolvió la imagen de una mujer irritada. Perdí mi expresión jovial, esa a la que me aferro con todas mis fuerzas.

¿Los hombres las prefieren rubias? Es un mito milenario que se repite para volverse verdad. Agobiada por la rutina capilar, confieso que analizo seriamente la opción de un cambio radical al rojo encendido o al negro azabache. Sería el colapso absoluto de mi círculo social. 

Quizás en la próxima esquina me tope con un galán de película que me rescate de esta monotonía, porque hasta el sol de hoy, este rubio cotizado me cuesta una fortuna y sigue lejos de dar los resultados sentimentales que merezco.

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