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Diario Expreso Ecuador

Taxis o carro propio: el eterno dilema urbano que divide mi corazón (y mi billetera)

Entre semáforos eternos, cuentas por pagar, gasolina que sube sin pedir permiso y caprichos de libertad absoluta, la decisión se vuelve más emocional que lógica

El drama urbano del ciudadano promedio

El drama urbano del ciudadano promedioIA

María Verónica Vernaza Guerrero
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Lo que debes saber:

  • El corazón quiere libertad con llave propia, pero la billetera pide taxi con cero compromisos financieros.
  • El taxi regala paz y tiempo para el chisme digital; el carro una relación tóxica con la gasolinera.
  • Manejar significa banda sonora personalizada; subirse a un taxi es una terapia con el chofer.

Confieso algo: cada cierto tiempo me da una crisis existencial con ruedas. Cambiar el carro por uno más moderno y tecnológico, mantener el cacharrito viejo, o ser una de tantas que prefieren la comodidad de un chofer desconocido. Me miro al espejo, me acomodo los lentes y me pregunto: ¿soy mujer de taxi o dama de carro propio? Porque una cosa es la independencia y otra el presupuesto mensual que parece dieta keto: puro gasto y cero placeres.

La libertad cuesta, pero el taxi también

Empecemos con el taxi. Esa experiencia sociológica con aire acondicionado y vidrios oscuros que hoy sí funcionan, gracias al progreso y a los santos patronos del transporte. En el otro siglo, subirse a uno era una prueba de carácter. Asientos que contaban historias, olores que pedían auxilio y ventilación estilo sauna caribeño. Ahora, en cambio, uno viaja cómodo y hasta conversa sobre la crisis mundial como si fuera panelista de televisión.

Eso sí, cada conductor maneja con su propio manifiesto filosófico. Uno acelera como piloto de Fórmula 1; otro honra la vida con una lentitud contemplativa; el tercero frena como si buscara récord Guinness. Yo, princesa adaptable, me acomodo al estilo de cada artista del volante. Y mientras tanto, observo la ciudad con ojos de turista, sin estrés por las motos que aparecen como ninjas urbanos, escurridizas entre carro y carro, expertas en esquivar retrovisores.

Además, no pienso en parqueo. ¡Gloria eterna! Llegar a un sitio y bajar con dignidad, sin pensar si los nuevos estiletos te van a hacer tropezar en cualquier acera traicionera… Sin vueltas eternas ni plegarias por un espacio libre. Y de paso, mientras me llevan y me traen, veo la ciudad con otros ojos, bueno los mismos, pero con más tranquilidad del alma, reviso redes sociales con total descaro. Productividad emocional le llamo yo.

Ahora hablemos del carro propio. Ese símbolo de adultez responsable que exige gasolina, seguro, cambio de repuestos, mantenimiento y una conversación íntima con la billetera cada mes. Hoy en día, ¡gracias Mr. Trump!, cada tanqueada se siente como inversión inmobiliaria. Sin embargo, la libertad que ofrece… ay, eso no tiene precio. Salgo a la hora que quiero, sin depender de disponibilidad, sin esperar que “me vengan a ver”, como si yo fuera obra de teatro itinerante.

Recuerdo mis días en Centroamérica, cuando pedía taxi y me respondían con un inolvidable: “Reina, pa´llá no voy”. Yo lo miraba con indignación aristocrática. Si yo voy allá y pago, ¿qué clase de novela es esta? Y en ocasiones aparecía otro pasajero en el asiento trasero, con la misma ruta. Economía compartida antes de que el concepto tuviera nombre elegante.

En mi propio carro elijo la banda sonora. Mis podcasts, mis canciones dramáticas (Sí, mi eterno playlist de canciones pa´planchar), mis reflexiones existenciales. En el taxi, elijo paciencia y escucho la radio del conductor, que suele incluir baladas intensas, cachullapis llorosos o debates políticos. Formación cívica exprés.

Entonces, ¿qué conviene más? El taxi ofrece comodidad mental y cero preocupaciones logísticas. El carro propio brinda libertad absoluta y control musical. Uno drena gasto diario; el otro concentra la inversión en cada visita a la gasolinera y mantenimiento.

Yo, como buena tía guayaca, alterno según el humor, el tráfico y la salud de mi cuenta bancaria. Porque la vida urbana, queridos míos, se vive mejor con sentido del humor… y con aire acondicionado que funcione.

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