Psicología y ética: cómo el no saber define el verdadero trabajo terapéutico
Más allá del diagnóstico, la terapia implica enfrentar lo desconocido y asumir una responsabilidad personal frente al propio malestar

¿Qué hace que una persona visite al psicólogo?
En psiquiatría, el encuadre terapéutico consiste en cumplir con una receta ajustada a la gravedad de un síntoma que se correlaciona con un neurotransmisor. En psicología, lo que hace posible la terapia es que el síntoma se relaciona con un saber, lo que obliga a trabajar con otro instrumento clínico, mucho más difuso y difícil de aprehender, que es la transferencia.
Es el paciente mismo quien se diagnostica al reconocerse atravesado por un saber que se manifiesta en la forma de un malestar: sabe que no se siente bien, sabe que ese no sentirse bien quiere decir algo, pero no sabe qué.
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Transferencia y responsabilidad
Al psicólogo, entonces, se le transfiere un saber que se presenta en forma de algo no sabido. Y por esto muchos se resisten a consultar, porque consultar es admitir el sentimiento de vulnerabilidad que nos produce la pérdida de conocimiento y de dominio sobre el propio psiquismo.
Cuando alguien pierde el conocimiento de sí mismo, restablecer ese control se vuelve una urgencia, lo que pone a alguien en un estado de sugestionabilidad alta. Un psicólogo que no reconoce esto es capaz de errar gravemente. Puede fácilmente ubicarse en una posición de amo, de quien tiene las respuestas que faltan.
Si no ha hecho un trabajo sobre sí mismo, puede permitirse gozar de la posición mitológica que se le supone, parecida a la de un adivino, un curandero o un chamán. Es por esto que el oficio del psicólogo es, en primer lugar, la práctica de una ética que busca proteger el no saber del paciente como la condición de su propia libertad y responsabilidad.
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Ni la normalidad, ni la felicidad, ni la salud deben justificar que el psicólogo asuma la posición del saber. Hacerlo sería ir en contra de la ética de lo que verdaderamente puede ayudar al paciente: el sujeto debe responder por ese no saber que lo llevó a consultar en primer lugar.
Solo así se gana una libertad respecto al sufrimiento. Para esto hay que pensar en un terapista no como alguien ya analizado, sino como alguien que está en constante análisis de sí mismo. El psicólogo está llamado así a ocupar una posición de saber que se le supone, pero que no tiene. Este es el principio de su ética.