Nicolás y Alicia de Parducci: “El amor que no se expresa se muere de inanición”
En una época en la que los proyectos de vida en común parecen menos frecuentes, esta historia recuerda que el compromiso puede crecer a lo largo de los años

Nicolás y Alicia iniciaron los talleres de preparación para el matrimonio
Lo que debes saber:
- Dedicaron décadas a preparar a cientos de parejas para el matrimonio, promoviendo la reflexión, el diálogo y el compromiso consciente.
- El amor se fortalece con expresiones cotidianas de cariño y una comunicación constante.
- Compartir valores y principios fundamentales facilita la construcción de una vida en común.
Alicia lleva la voz cantante de la conversación mientras Nicolás la observa con la misma expresión de hombre enamorado que conserva desde hace más de seis décadas. Esa mirada remite a 1960, cuando la conoció y ella aún no terminaba el bachillerato. Desde entonces construyeron una historia en común que dio frutos en hijos, nietos y también en cientos de parejas a las que acompañaron durante años en su preparación para el matrimonio.
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Su labor pastoral tomó fuerza tras el impulso renovador del Concilio Vaticano II que promovió una formación más profunda para los novios antes de llegar al altar. Con dedicación y cercanía, eran los encargados de organizar los cursos prematrimoniales que ayudaron a muchas parejas a reflexionar sobre el compromiso que estaban por asumir.
Su última etapa de servicio llegó poco antes de la pandemia, en la parroquia Nuestra Señora de Czestochowa, junto al padre José Manuel Delgado, a quien recuerdan con especial cariño. Aunque dejaron atrás esa actividad, la huella permanece. Todavía hoy, en alguna calle, en una misa o en una reunión inesperada, aparecen personas que los reconocen y se acercan con afecto para decirles: “Ustedes nos dieron el curso de novios”.
En amor a dos
Antes de conocerlo, Alicia ya había escuchado hablar de Nicolás. Una prima muy cercana le contaba los consejos que él daba sobre las relaciones y la manera en que describía a la mujer ideal. “Yo decía: ‘A mí no me ha conocido’, porque era como si me estuviera describiendo”, recuerda entre risas.
El encuentro ocurrió en agosto de 1960, durante el cumpleaños de su mejor amiga. Nicolás asistió porque varios de sus alumnos del colegio San José formaban parte del mismo grupo de amigos que tenía Alicia. Al terminar la reunión, intentó acompañarla a casa, pero Alicia declinó la invitación porque ya tenía cómo regresar.
Meses después volvieron a coincidir en la boda de unos amigos y tuvieron oportunidad de conversar más. Esa noche terminaron en el Bimbambum, uno de los lugares preferidos por los jóvenes guayaquileños de esa época para bailar, ya que en las bodas de entonces no era habitual que hubiera orquesta ni baile.
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Nicolás recuerda con claridad qué le llamó la atención de ella. “Primero me gustó la pinta. Luego, la manera de hablar y las ideas que expresaba. Coincidíamos en muchos puntos”, cuenta.
A pesar de los seis años de diferencia entre ambos, la conexión fue inmediata. A los tres meses después de aquel primer encuentro él sabía que ella era la indicada, y luego de dos años se casaron. Alicia tenía apenas 19 años y él 25. “Para el matrimonio civil mi papá tuvo que dar un poder, porque en esa época la mayoría de edad para las mujeres era a los 21 años”, recuerda.
Acompañar antes del “sí, acepto”
La historia como formadores de novios comenzó gracias a los cambios impulsados por el Concilio Vaticano II. Recién casados, ambos se integraron al Movimiento Familiar Cristiano (MFC), que en Guayaquil era dirigido por el padre Pepe Gómez.
A mediados de los años sesenta, la Conferencia Episcopal Ecuatoriana encargó al MFC la organización de los cursos prematrimoniales en el país. El desafío era enorme: la preparación para el matrimonio era una novedad incluso para muchos párrocos. “Estos cursos eran nuevos para todo el mundo”, recuerda Nicolás.
El padre Gómez les pidió colaborar en la organización. Alicia tradujo materiales que llegaban desde Francia, mientras ambos coordinaban llamadas, reuniones y la logística de unos encuentros que poco a poco comenzaron a crecer. Los primeros cursos se realizaron en el colegio San José y luego se trasladaron al colegio María Auxiliadora. Con el tiempo se organizaban jornadas mensuales de cinco noches, abiertas a parejas de todos los sectores de la ciudad.
Las charlas abordaban temas como el amor, el diálogo, la psicología del hombre y la mujer, la sexualidad, el sacramento del matrimonio y la paternidad responsable. Participaban sacerdotes, médicos y matrimonios con experiencia. El objetivo, sin embargo, era siempre el mismo: ayudar a los novios a reflexionar. “La idea era que tuvieran la seguridad de que la elección estaba bien hecha”, explica Nicolás.
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Con los años también llevaron estas conversaciones a colegios e incluso a instituciones fiscales. Para ellos, la preparación matrimonial se convirtió en una verdadera misión. “Compartir esto era una lección de vida y un compromiso”, afirman ambos. Décadas después, siguen convencidos de que el amor necesita formación, diálogo y decisiones tomadas con plena conciencia.
Lecciones de amor
¿Cómo se puede discutir en pareja sin lastimarse?
Escuchando de verdad. No solo con los oídos, también con los ojos y el corazón. Es importante estar abiertos al punto de vista del otro y preguntarse: ¿Por qué me lo dices?
¿Qué hábito diario ayuda a mantener viva la relación?
Tener gestos de cariño. Un abrazo, una palabra, una llamada o una muestra de afecto. El amor que no se expresa se muere de inanición. Se muere de hambre, porque el amor hay que alimentarlo.
¿Qué papel juega la comunicación?
Cada pareja encuentra su propia forma de comunicarse, pero lo importante es no perder el contacto. La falta de diálogo puede terminar desgastando el amor.
¿Cuál es una de las claves para amar bien?
Aprender a preferir al otro. Ceder en aquello que se puede ceder y pensar también en el bienestar de la persona amada.
¿Qué deben tener en cuenta los novios antes de casarse?
Compartir principios y valores fundamentales. Cuando existe coincidencia en lo esencial, resulta más fácil construir un proyecto de vida común.
¿Es importante compartir la fe?
Ayuda mucho. Cuando ambos comparten la misma fe, encuentran un lenguaje común para enfrentar las dificultades y celebrar las alegrías.
¿Qué es más importante: los hijos o la pareja?
La pareja. Los hijos crecen y forman su propio camino. La pareja es la base sobre la que se construye la familia.
¿Cuál es el error más frecuente al casarse?
Elegir sin conocer bien a la otra persona. Por eso siempre insistíamos en que los novios reflexionaran antes de dar el gran paso.