Confesiones de una exclienta esotérica: cómo arruinar una sesión con una sola pregunta
Una búsqueda para aliviar el dolor terminó convirtiéndose en una anécdota inesperada que cambió para siempre mi mirada sobre lo sobrenatural

Cuando una vidente intentó leer mi destino... y terminó perdiéndose
Lo que debes saber:
- Todas tuvimos una etapa de lectura del café, tarot y compatibilidad amorosa.
- Algunas superamos el horóscopo; otras siguen culpando a Mercurio retrógrado.
- Hay puertas que es mejor no abrir. Caja de Pandora, sesiones espiritistas... y los chats con el ex.
Mi abuelo decía muy sabiamente: “No creo en las brujas, pero de que las hay, ¡las hay!”. Y es que esa reflexión invita a mirar más allá de lo evidente, mi querido lector. Es tan abismal como el insondable cráter del Tungurahua, que espero no se despierte en el futuro cercano, que ya mucho daño ha hecho la selección de fútbol como para seguir en las malas rachas.
No voy a negarlo. En mis años de juventud, esa época de incertidumbres y tragedias a lo Jane Austen, busqué consuelo en las adivinas de tarot, el café, la carta astral y los horóscopos. Si no busqué amparo en los famosos chamanes de Santo Domingo fue porque me causa un poco de desazón que me escupan.
El libro de cabecera entre mis amigas era uno que combinaba los signos del zodiaco entre sí, de manera que se podía ver la relación entre un hermano géminis y un sagitario, o un jefe leo y un colaborador capricornio, pero, sobre todo, revisábamos la compatibilidad entre signos en el amor. Propio de adolescentes inexpertas. Obviamente, todo era elucubraciones y lugares comunes.
Cualquier astrólogo que se respete señalará esas mentiras que, repetidas mil veces, terminan por asumirse como verdades; cosas como que los acuarianos somos de otro mundo (dígame usted ¿a qué se refiere eso?). Claro que tuve mi momento histórico cuando creía hablarle a los delfines o cuando pensaba que mi domicilio era, efectivamente: “la segunda estrella a la derecha y todo recto hasta el amanecer”.
La prueba de fuego
Recuerdo un día icónico. Mis dos abuelos, materno y paterno, habían entrado al Averno (lo digo así, para entrar en la ola de la nueva película de moda). Uno tenía ojos verdes como el césped recién cortado y el otro, azules como las aguas turquesas del mar. Ambos habían fallecido con apenas un día de diferencia (así pasa cuando sucede, ¡qué le vamos a hacer!).
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Pensando que la brujita de turno podía aliviar el dolor que tenía en el alma y en el cuerpo, recurrí a ella tratando de entablar una conexión con el más allá. Obvio microbio, que no le dije nada; esperaba atenta su desenvolvimiento entre luces tenues y olor a incienso recién encendido.
“Tu abuelo te extraña”, me dijo con voz profunda. “¿Cuál?” contesté. “El que acaba de morir”, dijo con mucho aplomo. “¿Cuál?”, volví a inquirir. “El de los ojos claros”, expresó ya poco convencida. “¿Cuál?”. Silencio. ¿Había, acaso, desenmascarado a una impostora? Salió al paso enredándome en argumentos insípidos y que ya están en el olvido.
Eso sí, nunca llegué a invocar a los espíritus chocarreros. Todo tiene un límite, y ese territorio siempre me pareció reservado para las personas más avezadas en esos asuntos. Abrir esa caja de Pandora era tocar fondo y no pensaba, ni pienso, hacerlo. Así que durante una temporada fui vista por mis amigas como la “poco atrevida”, la “prudente”, la “cautelosa” y la “tímida”. Y no era invitada a participar de esas sesiones con médiums.
Pero da igual, ya que las respuestas que realmente importaban nunca estuvieron en una bola de cristal, sino en aprender a sobrevivir sin ellas. Porque, como diría mi abuelo de ojos claros, yo tampoco creo en las brujas, pero de que las hay, las hay...