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Un vicio con cafeina
Hace ya algunos años, la primera vez que visité Santiago de Chile, me sorprendió conocer la existencia de unos bares céntricos que no tenían sillas ni mesas, ya que estaban destinados a los bebedores de café (o “tintico”, como le llaman los colombianos, que de ese producto saben bastante por ser sus principales productores) que en tazas pequeñas “lo bebían al paso”, sin necesidad de sentarse, pues seguían su camino citadino hasta hacer otra pausa y repetir la dosis. Así, a ese ritmo, llegaban a consumirse a veces hasta veinte “tacitas” diarias, costumbre que no debe admirar sobre todo a los “paisas” y a los cubanos, víctimas del mismo vicio.
Este grano oscuro, producido por un arbusto tropical del género Coffea, de la familia de las rubiáceas, ya tostado y molido sirve para producir esa infusión que, por lo general, los no viciosos consumimos en el desayuno y de vez en cuando para concluir el almuerzo o la cena, de ser posible fumándonos un humeante tabaco.
El café ha sido en ciertas oportunidades satanizado, al otorgársele al alcaloide que contiene, la cafeína, efectos fisiológicos perversos. Sin embargo, en estos últimos tiempos parece que ciertos científicos lo han reivindicado al conferirle propiedades curativas que sirven para la prevención del alzhéimer, que tiende a la olvidadiza amnesia e, incluso, al mal de Parkinson, que obliga al enfermo a realizar movimientos involuntarios.
Recuerdo que en mis épocas de estudiante universitario -en la secundaria no era tan preocupado con mi aprovechamiento- para ingerir los conocimientos a que nos obligaban los severos catedráticos, sobre todo en épocas de exámenes, consumía junto a los compañeros con los que estudiaba, algunas tazas de café en agua para evitar las necesarias horas del sueño reparador. Será por el acostumbramiento de esas épocas que ya para el futuro que ha transcurrido, el efecto de dicho insomnio no me lo sigue produciendo el café, ya que si me tomo una taza por la noche duermo con la misma placidez y entusiasmo de siempre, con ese dulce sueño que de vez en vez es alterado por pesadillas dignas de una temática de H. P. Lovecraft, de Bram Stoker (el creador de Drácula, nada menos) o de Edgar Allan Poe.
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