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La verbena

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f ue una puesta en escena hollywoodense. Vimos la alfombra roja más ancha y más larga del mundo, cuyo récord pronto será anunciado por el Gobierno. Quienes se prepararon para escuchar informes a la nación, tropezaron con una mezcla de verbena y sabatina, persiguiendo objetivos claramente electorales: magnificaron todo cuanto este Gobierno pudo llevar a cabo y, como ha sido costumbre, incursionaron con dineros públicos en la campaña electoral que se avecina, buscando eternizar la gloriosa revolución ciudadana. Los esperados informes los rindió una joven secretaria de Planificación, mientras Correa, Rivadeneira y Glas optaron por emocionados y patrióticos alegatos que armarían la plataforma electoral. Debían, pues, mantener su vieja retórica acusatoria de nuestro pasado democrático y liberal, alertando a la nación de los siniestros planes de restauración de la derecha partidocrática. Con fingida euforia pronosticaron el triunfo de su agonizante movimiento bajo la égida de quien esté dispuesto a ser su testaferro. Correa hará “mutis”. Con mirada escrutadora y ansiosa, aseveró estar “un poquito cansado del país”, dando el pistoletazo oficial para el inicio de la carrera hacia la postulación presidencial.

Esperábamos de “Gabi” ( así la identificó Correa repetidamente ) un saludo protocolario de bienvenida, con alguna adición informativa. Nos equivocamos. Su lectura de los “tele-prompters” fue inmejorable, aunque cargada de incongruencias. Proclamó el advenimiento de la revolución del amor y exaltó la capacidad de autocrítica de la Asamblea, olvidando que, días atrás, sembró el odio entre ecuatorianos condenando a comer excrementos a todo un segmento de nuestra sociedad; y alabó la vergonzosa domesticidad de sus compañeros asambleístas, disfrazándola de corresponsabilidad parlamentaria. Sus palabras fueron vibrantes... hasta que se le ocurrió improvisar, poniendo al desnudo lo que cualquier psicoanalista calificaría de íntimo anhelo presidencial.

De su lado, Glas continuó imitando a Correa. Sus gestos, su demanda de aplausos, sus sonrisas petulantes y orgullosos movimientos de testa, descubrían el tutelaje que Correa ejerce sobre él. Enumeró los múltiples récords regionales y mundiales que situarían al Ecuador como primero, segundo, tercero y máximo quinto en todo cuanto a usted se le ocurra indagar. Somos parte del “top ten”, sin duda, y más aún con la novedosa tesis de que es acertado construir carreteras que vayan a “ninguna parte”, porque luego aparecerían nuevos polos de desarrollo industrial.

Correa siguió siendo el mismo, pero esta vez sembró serias dudas sobre la idoneidad de sus colaboradores. Nos extrañó que un economista sostenga -aludiendo a la refinería de Esmeraldas- que luego de repararla a un elevadísimo costo, había quedado “mejor que nueva”, mientras simultáneamente se denuncia el caso de esa misma refinería como emblemático de la corrupción que ensombrece a la administración correísta. ¿Cuál es la verdad que debemos digerir? Lo único cierto es que, con su embuste, alguien irrespeta a la ciudadanía ecuatoriana.

Por lo demás, se reeditó - esta vez con fanfarria- la magnificación de algunos rubros que gozarían de nuestra aprobación básica hasta que conozcamos sus implicaciones financieras. Sonaron los cánticos que encienden el espíritu de nuestros revolucionarios. Gabi debió soñar con su futuro atuendo presidencial; Glas, revisaría su listado de récords; Lenín Moreno aplaudiría con parsimonia la euforia gubernamental y Correa, convencido una vez más de sus excelencias, anunciaría soberbiamente el relanzamiento de sus proyectos tributarios contra la familia ecuatoriana. Fue una tomadura de pelo revestida de verbena, con danzas, tambores y guitarras . Los fracasos de los Kirchner, de la Rousseff y de su colega Maduro, no impidieron que se cante y balbucee los trillados cantos de la revolución en marcha. Hay una meta que deben alcanzar: mantener el poder el próximo febrero. Mantenerlo a toda costa. Como sea, sin que importe que nos vayamos al carajo.

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