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Venezolanos, la tercera ola
A algunos no les resulta fácil exorcizar ciertos fantasmas que vienen arrastrando desde su país de origen.

A algunos no les resulta fácil exorcizar ciertos fantasmas que vienen arrastrando desde su país de origen. Si sienten a un motociclista cerca, se sobresaltan. Temen ser asaltados y no importa si están a plena luz del día o en una calle altamente comercial. Se preocupan cuando en los supermercados alguien olvida aprovisionar debidamente las perchas. Aún tienen claras esas imágenes de largas filas a la espera de productos que nunca hay.
La violencia urbana y la falta de comida, precisamente, es lo que habría provocado en los últimos años varias oleadas migratorias desde Venezuela. Guayaquil ha estado en la ruta de ese éxodo y lo ha evidenciado desde 1999 (asumió la presidencia Hugo Chávez) y en el 2013, tras el polémico triunfo de Nicolás Maduro en las elecciones.
La última ola, la tercera, se suscitó con la agudización de la crisis del 2016. Una circunstancia que se evidencia en la ciudad con algunos transeúntes que visten la vino tinto o atendiendo desde un restaurante hasta un salón de belleza, pasando por una gama de profesionales.
“Los venezolanos que llegan a Ecuador son gente preparada”, dice Pedro Rojas, un médico que cerró su clínica en Caracas con 100 pacientes diarios y 30 años de trayectoria para comenzar de cero en Guayaquil.
“Fue por la violencia. Dos veces entraron a nuestra casa, le colocaron un revólver a mi hijo para quitarle el carro y hasta recibimos amenazas de secuestro”, dice Daisy Gil, abogada, esposa del médico. Con ellos vinieron sus tres hijos, profesionales.
La Asociación Civil de Venezolanos en Ecuador, con un registro desde marzo del 2015, ubica a 8.664 coterráneos. De estos, el 82 % es profesional. Solo el 3 % es informal.
A diferencia de lo que sucede con la migración desde Colombia y Perú, que trae a muchas personas sin estudios superiores y sin divisas para posibles inversiones, la que proviene desde Venezuela, tiene otro perfil. Un ejemplo: los docentes. “La mayoría tiene tercer o cuarto nivel, además de especializaciones en diferentes ramas de la educación”, dice María Teresa Rosales, vocera local de venezolanos en Ecuador.
Una apreciación similar registra la Alianza Empresarial Venezolana, cuyo vocero, Adolfo Castillo, lleva un año acá y dejó Caracas junto con su esposa y tres hijos, luego de que ambos estaban vinculados con el sistema de Justicia. Él, en la parte de Criminalística; ella, como jueza.
“Solo en Guayaquil tenemos una base de 1.368 paisanos. El 80 % son profesionales. De estos, el 60 % tienen uno y hasta dos posgrados”, dice este exfuncionario que dejó su país por estar en desacuerdo con el Gobierno, y quien se emplea en la ciudad en una pequeña empresa familiar.
El caso venezolano tiene de por medio una explicación. “No es fácil dejar el país. Es necesario tener recursos. Solo quienes pueden solventar estos costos dejan el país, por lo común, profesionales que tenían su trabajo y ahorraron algo”, dice Laska Ducas Yánez, una coach que arribó con su hija al país en octubre pasado.
“El viaje en carro es lo más barato, pero un boleto está por los $ 65, con un salario de $ 20”, dice Giorgin Díaz, quien en diciembre del 2015 llegó con su esposa e hijos desde Caracas, donde era uno de los 44 camarógrafos de las transmisiones presidenciales.
“No ha sido fácil obtener un trabajo acá en mi profesión, pero aunque laboro como guardia privado en un colegio, con lo poco que gano, podemos comprar alimentos. Allá, no era posible”.
Como cualquier migrante que deja su tierra, los venezolanos de Guayaquil extrañan. Sin embargo, en el intento de acomodarse a sus nuevas vidas, sienten que están en un lugar donde la inseguridad no llega a los límites que existe en su país y en donde se sienten seguros de encontrar alimentos en cualquier supermercado cuando toca ir de compras.