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De toreros y equilibristas
Tras la muerte de un torero en la arena no solo no disminuye, sino que aumenta ese negocio, que demuestra así ser el de atraer a un morboso “respetable” público, ansioso de gozar viendo cómo hay quienes arriesgan su vida para divertirles. De ahí que un Papa, tan válido como el actual, excomulgó por suicidas a los toreros, para no hablar de los que les pagan por exponer su vida por su diversión. Lo mismo habría que decir de los acróbatas, -como el fallecido por actuar sin malla-, en el Circo del Sol, así como de quienes les pagan por arriesgarse a morir. Aún tenemos entre nosotros demasiados sádicos con buena conciencia y todavía alguna tolerancia social.
María Faes Risco
Madrid, España