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El terrorismo
Como una metástasis de enfermedad maligna va esparciéndose por la tierra la hidra del terrorismo y Europa ha sentido desgarrar sus carnes por unos atentados en que han sido víctimas naciones de vieja estirpe y de alta cultura.
Francia, Bélgica, España, Alemania sintieron ya la desgarradura de un terrorismo que parece pretender hundir el mundo en un mar de sangre y destrucción. Y de Europa ha saltado el terror al Nuevo Mundo, matando sin piedad a decenas de personas en una ciudad de Estados Unidos.
¿A dónde vamos con este desate de odio, de violencia y de crímenes que comete el fanatismo, oculto entre las sombras, mientras otro tipo de guerra perversa organiza un ejército, dotado de moderno armamento, para atentar contra países que profesan el islam, pero que a los fanáticos del Estado Islámico no les parece suficiente.
Muchos creen que estamos presenciando la lucha de dos civilizaciones: la una formada por el cristianismo, la otra por los seguidores de Mahoma. Sin embargo, la Biblia y el Nuevo Testamento tienen rasgos doctrinarios semejantes con el Corán y esto hace incomprensible que se pretenda imponer con la fuerza y el terror, uno de ellos. Las luchas religiosas que asolaron a buena parte de los países europeos son, felizmente, cosas del pasado. El cristianismo, católico o protestante, considera ahora que no es el tiempo para los insensatos fanatismos y, menos aún, para la violencia brutal del terrorismo y de la actitud bélica para vencer a un enemigo que no lo es en la doctrina y al cual, torpemente, se considera como un adversario al que hay que liquidar, incluso con todos los métodos más brutales, entre ellos el terror y la guerra de guerrillas.
La postura actual de la Iglesia católica es de comprensión del pensamiento ajeno, aunque ajeno lo fuera en los matices o incluso en asuntos de fondo, para tratar de llegar a un ecumenismo que estableciera seriamente la fraternidad universal. Y los auténticos musulmanes piensan de modo semejante, desterrando los odios, las posturas bélicas y el insensato deseo de convertir a su credo, por la fuerza, en el único bien y la única verdad.
Lo que se halla ocurriendo con grupos militantes es, precisamente, el olvido perverso de la verdad integral de su propia fe.
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