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La soledad de la vida barrial

Los expertos. Coinciden en la idea de que aquellos barrios donde hay liderazgo y comités vecinales, son más unidos porque los vecinos se sienten escuchados, respaldados, fuertes.

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Calles vacías, parques descuidados y con luminarias quemadas, conjuntos de viviendas enrejados y una tranquilidad y silencio abismal es lo que actualmente se percibe en decenas de barrios de Guayaquil.

La convivencia social entre vecinos se ha reducido, en el mejor de los casos, a un saludo. Y, pese a haberse radicado desde hace muchos años en el mismo lugar factores como la inseguridad, en algunas zonas la falta de infraestructura comunal y las ocupaciones diarias han impedido que la unión entre moradores se fortalezca.

“La verdad es que aquí poco se sale. Cada quien vive su vida y nadie molesta al resto. Llegué al sector hace siete años, pero solo he saludado con la vecina de al lado, no conozco a los demás. Es como si solo yo viviera en el barrio”, cuenta Samuel Herrera, morador de Guayacanes, en el norte de la ciudad.

En su barrio, menciona, la mayor convivencia que se da es cuando los vecinos se encuentran de casualidad en la tienda por la noche o algún fin de semana, “porque ni cuando asaltan alguien decide salir. Todos vivimos en nuestro mundo”.

Para el urbanista Mijail Castillo este fenómeno está influenciado por la vida moderna y los procesos de urbanización que atraviesa la ciudad. Es decir, que los puntos comerciales y de desarrollo social se concentran en zonas determinadas, lo que obliga a los moradores de ciertos sectores a trasladarse a esos grandes barrios a satisfacer sus necesidades.

“Además, la convivencia entre los residentes se ve opacada por situaciones que ocurren dentro del mismo sector, entre ellos la delincuencia y la falta de espacios de integración barrial. Esto provoca que las personas decidan establecer su ‘diario vivir’ dentro de sus mismos hogares y se produzca un aislamiento”, explica Castillo.

La migración interna de barrio a barrio también provoca una desconexión entre vecinos. Ese es el caso de Paúl Méndez, un joven morador de Samanes 6. “Yo llegué acá cuando era pequeño y tenía varios amigos. Pero poco a poco, con el transcurso del tiempo, ellos se fueron. Ahora hay nuevas personas y no las conozco. Las saludo por cortesía”, cuenta.

La situación se percibe además en otras ciudadelas como La Garzota, ciertas etapas de la Alborada y Sauces, Los Álamos, El Cóndor, Nueve de Octubre y el tradicional barrio Centenario, en donde por falta de interés, a decir de los residentes, no hay siquiera un comité barrial.

La gente se ignora, la buena relación queda en anécdotas, explica el psicólogo José Salinas, porque las nuevas tendencias -que incluyen los excesos en tecnología- y los estilos de vida han dificultado la coexistencia, a tal punto que, la indiferencia ha tomado el lugar del interés, dejando de lado la confianza.

“Ahora la gente trabaja más que antes y tiende a ser más individualista para proteger lo suyo: su familia”. Es más precavida: sabe que está rodeada de violencia, no se siente segura y por ello se encierra en casa.

Se ha vuelto tan desconfiada, agrega el también especialista Paúl Palacios, que ha dejado perder su fuente más grande de ayuda, los vecinos.

“Antes cuando uno se iba de viaje tenía quien le chequee la casa. Hoy nada de eso es posible porque incluso no se tiene algo tan básico como su número de teléfono o nombre...”. Johanna Robles, de la ciudadela Álamos Norte, lo reconoce. “Tengo cientos de amigos en WhatsApp, pero aquí no tengo a nadie. De hecho no sé como se llama la señora de la tienda que me vende hace 10 años. Es increíble, nunca lo había pensado”, lamenta.

Para el sociólogo guayaquileño Andrés Martínez, quien coincide con los expertos, el hecho de ser ajeno a todo lo que ocurre a nuestro alrededor ha evitado también que los valores o íconos de una comunidad se mantengan. “En casa ya no se habla de los personajes que, por ejemplo, vivieron, edificaron o lucharon por ese barrio. Y más aún, a ese tipo de hazañas ya no se le da importancia que merecen”, explica.

El urbanista Castillo menciona que es el Municipio el llamado a equipar a los barrios de la infraestructura necesaria (deportiva, educativa y cultural) para incentivar la generación de actividades. “Es necesario desarrollar una sociedad activa a toda hora y así mitigar los problemas sociales comunes como la delincuencia”. El resto de especialistas, por su parte recomienda dar el primer paso a crear una amistad con quienes integran el entorno. Y no solo por seguridad, sino para armar frentes comunes que hagan de su espacio un lugar de paz. Con vida.

Los vecindarios donde aún se convive

En Guayaquil, a diferencia del panorama anterior, hay barrios como El Paraíso, Miraflores, Garay, el Salado y ciertas etapas de Sauces, que han logrado fortalecer sus lazos en los últimos años, con trabajo: tocando puertas. No ha sido fácil. Para lograrlo, explican los residentes, los comités pro mejoras de cada zona han tenido que empezar de cero, creando incluso una base de datos que confirme quienes integran su comunidad.

En el icónico barrio del Salado, por ejemplo, los líderes se enfocaron en hacer reuniones y actividades con temas relacionados al vecindario para integrar a su gente; y en crear alianzas estratégicas con las autoridades para sentirse escuchados. Con la iglesia y la Policía, solo por citar dos entes, las ciudadelas han creado un chat comunitario que les permita estar informados y organizar desde ferias hasta jornadas deportivas, lúdicas o cívicas.

A los residentes les ha funcionado también el hecho de ser un grupo apolítico. “Las diferencias ideológicas las dejamos de lado...”. Al final lo que prima -coinciden- es el objetivo de “ser familia, amigos”. De ver mejor al barrio.

Datos

Daños. La falta de convivencia provoca desorden y genera vacíos en el código de comportamiento y en el respeto de, por ejemplo, las áreas de parqueo.

Las ciudadelas cerradas. A decir de los expertos, la tendencia es la misma en las urbanizaciones de vía a la costa, La Puntilla, Daule. “Por la modernidad y factores como el estrés y el tráfico, la mayoría tiende a ser individualista”. Corre contra el tiempo, dice Salinas, situación que los empuja a ser quemeimportistas.

Infraestructura. Para incentivar el movimiento es necesario que existan áreas adecuadas en el barrio.

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