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Rosalia y Claudia
Debo de confesar que Cecilia Ansaldo, Mariana Argudo y Marena Briones, como profesoras universitarias de la Facultad de Jurisprudencia, fueron las primeras que conocí como mujeres empoderadas dentro de la UCSG. Si bien hubo movimientos políticos que bastante bulla hicieron, no recuerdo imagen de mujer alguna en lo político.
Fue la presencia de Cecilia Calderón de Castro, como consecuencia de la muerte de su padre, la que abrió paso a las mujeres en el ámbito político. En pequeño resumen así empieza mi memoria acerca de mujeres en el poder. Es probable que olvide algunos nombres y tampoco cabrían aquí los logros obtenidos por las mujeres nombradas.
Con el tiempo lees mejor la historia, y aprecias en mayor envergadura a sus protagonistas. Eso me pasa cuando pienso en la presidenta.
Al revisar el gobierno de Bucaram y la vergüenza de un régimen groseramente corrupto, te toca, con vergüenza también, recordar la inconstitucional resolución del Congreso Nacional declarando vacante la presidencia por demencia del Ejecutivo, y el subsiguiente nombramiento de Alarcón. Entre paréntesis, hasta antes de Rafael Vicente, siempre pensé que ese lapso Bucaram-Alarcón fue el período gubernamental más corrupto. Hoy, ha sido largamente superado por el correísmo.
En este contexto de caos, en mi memoria emerge Rosalía Arteaga y cómo fue invisibilizada por tantas mezquinas razones que se sumaron a la indecisión de las Fuerzas Armadas y de Paco Moncayo.
La presidenta, en medio de más traidores que leales, anduvo de aquí para allá, “ingenua y no inexperta”, como ella misma se califica, siempre acompañada de su hermana Claudia, la coprotagonista de ese capítulo en Carondelet.
Claudia y Rosalía son sobrevivientes de la barata política y el machismo infame; mujeres que no se intoxicaron con la traición, que permanecieron libres de rencor por esas injusticias y que hoy siguen trabajando por el país. Mis aplausos y respetos.