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Los rescatistas de alimentos
La iniciativa Fruver recibe donaciones de los vendedores del mercado de Montebello y los entregan a fundaciones. Recolectan 5 toneladas mensuales.

Los vendedores del Mercado los conocen, incluso algunos ya los están esperando con gaveta de productos para donar. Ellos, cual soldados, repiten el mismo esquema, se presentan con una amable sonrisa, explican el proyecto y reciben las muestras de solidaridad. Trabajan, pero no lo hacen para sí, “los chicos de la camiseta roja”, como los conocen los expendedores, son voluntarios que se reúnen para recolectar alimentos que sirvan para las fundaciones.
Su proyecto nació en enero de este año, cuando después de un grupo focal surgió la idea de apelar al corazón de los vendedores del mercado de transferencias de víveres Montebello y con ello evitar que los alimentos se desperdicien. Se hizo la gestión con la administración, hablaron con los vendedores y, aunque al principio existían algunos que donaban los productos cuando estos estaban extremadamente maduros, se logró encontrar un proveedor permanente de alimentos.
La rutina de estos rescatistas comienza desde muy temprano. Se reúnen en su sede en La Prosperina a las 06:30 y acuden al mercado de Montebello. Reciben una inducción que no va más allá de cinco minutos en las que se le explica el proceso que van a realizar y los jóvenes van a los puestos. “No todos los días son los mismos chicos, por eso siempre se les explica antes. Ellos, por ejemplo, son estudiantes de la Universidad de Guayaquil”, indica Solange Hinojosa, la persona a cargo de la recolección para la jornada del sábado pasado.
Son alrededor de 20 andenes los que recorren, recogiendo productos en gavetas, saquillos o fundas; cualquier donación es útil para las 48 fundaciones y escuelas de Arquidiócesis que reciben la ayuda.
Una de sus más grandes barreras fue desmontar la clásica pregunta “por qué voy a regalarles esto si es mi trabajo” que hacían varios de los vendedores a los que Diakonia, les solicitaba apoyo. Pero, esos eran otros tiempos asegura Solange, mientras levanta su rostro y devela un cierto matiz de alegría en sus facciones. Ahora, “son ellos quienes sacan de lo que en ese momento tienen a la venta y nos lo dan”.
Gladys Pineda es una de las benefactoras de la iniciativa. Desde la primera recolección se ha convertido en una donante asidua de Fruver. De hecho, ha tomado la posta y acompañaba a los jóvenes por ciertas rutas para incentivar a otros vendedores a contribuir a la causa. “Me siento contenta porque Dios nos da esa oportunidad de colaborar”, menciona la señora.
Son las 09:30, la recolección ha finalizado, lo recibido se sube al camión y se dirigen a la base. El trabajo más duro está por iniciar. Al llegar Solange, se baja con agilidad, va hacia la cocina y prepara un refrigerio para los voluntarios, cumpliendo el eslogan de Fruver “barrigas contentas, corazones llenos”.
Treinta minutos después, los voluntarios ya están en posición. Una breve charla sobre el correcto manejo de alimentos y a clasificar empiezan, lo hacen por estado y por productos. Se afanan, saben que los beneficiarios están por llegar.
María Solís, voluntaria de la Facultad de Ciencias Administrativas de la Universidad de Guayaquil, asegura que nunca antes había tenido una experiencia así. Sabe que, en ocasiones, hay que lidiar el rechazo de quienes no desean donar, pero insiste en que al final la obra es satisfactoria.
Mediante un esquema se divide quienes recibirán las donaciones de cada semana. 810 kilos fueron los recibidos. Fue una semana buena, concluyen, aunque ha habido mejores comentan entre sí. Están agotados, pero saben que su esfuerzo es recompensado cuando un niño podrá desayunar, almorzar o cenar gracias a su gestión. No desmayan, quieren alcanzar lo que una vez lograron: tonelada y media de alimentos y por qué no sobrepasarla.
El sueño
Una fábrica para procesarlos
La iniciativa Fruver quiere ir más allá de ser intermediarios entre los donantes y las fundaciones. Quieren salvar más alimentos y por ello, han ideado un plan que consiste en convertir a los productos ‘maduros’ en compotas u otros alimentos ya preparados. Tienen el espacio ya designado, sin embargo, por falta de recursos el proyecto aún no ve la luz.