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Hacia la reconciliacion nacional
En la presente semana destaca nítidamente, como hecho político trascendente, la convocatoria a diálogo nacional planteada por el presidente Lenín Moreno, el reciente martes en Guayaquil.
La oportunidad de la visita del primer mandatario a la ciudad de Octubre sirvió también para que se produzca un acercamiento necesario con el alcalde Nebot, que permite suponer que en la próxima recordación de la fundación española de la urbe huancavilca, no se producirán dos actos simultáneos. Por el contrario, la conmemoración municipal estará solemnizada con la presencia del Gobierno nacional, encabezado por su presidente, acompañando al cuerpo edilicio presidido por su alcalde.
El hecho que parecería propio de la normalidad republicana dejó de cumplirse por casi una década y por ello cabe relievarlo ahora.
Igualmente, luego de que las palabras inaugurales del jefe del Estado, si bien recibidas con satisfacción por una mayoría de los ciudadanos, empezaron a motivar dudas respecto de la real voluntad de propiciar un diálogo franco y abierto, ahora la reunión arriba señalada hace reverdecer las esperanzas de que un nuevo comienzo de la vida política ecuatoriana ha empezado a escenificarse, buscando como propósito fundamental alcanzar un alto grado de reconciliación.
Por supuesto, ello parte del reconocimiento implícito de que la República había perdido su siempre deseable unidad. En efecto, todo se sentía corroído por un germen, mezcla de temor y odio, que infestaba el alma nacional.
Dada la magnitud de la crisis, el clamor general por la restauración del diálogo parece que al fin ha tenido acogida al más alto nivel gubernamental, dando a entender que en ese ámbito se ha comprendido y aceptado que el enfrentamiento de los diversos problemas que afligen al país solo puede hacerse con unidad de criterios y de acción.
Al respecto, valga persistir en la necesidad de que desde los organismos oficiales se hagan conocer las cifras reales de la economía, no en razón de algún raro masoquismo sino con el afán de tratar de enderezarla a partir de su previa mensuración.
En todo caso, hay que entender que no solo es grato que se instaure un ambiente de diálogo sin una agenda previa a imponer sino que, por el contrario, se busque construirla armónicamente con los aportes del soberano.