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La quimera de la reforma francoalemana

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En EE. UU. dicen que toda política es local. Lo mismo podría aplicarse (hasta cierto punto) a la UE, cuya agenda depende en última instancia de la política interna de los Estados miembros principales. Especialmente para las instituciones de la eurozona, que en opinión de casi todos están necesitando una reforma urgente. Un hilo común recorrió dos importantes discursos pronunciados por el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, y por el presidente francés, Emmanuel Macron, el mes pasado: la necesidad de fortalecer la eurozona. Juncker delineó audazmente una ambiciosa visión para el futuro y llamó a que la UE complete la creación de la unión bancaria, establezca un ministerio de finanzas europeo (totalmente integrado a la Comisión) y amplíe el presupuesto paneuropeo. Macron, pasó por la defensa y la seguridad a la reforma de la eurozona y las divisiones políticas de Europa. Pero dejó mucho en el tintero. En su papel de líder nacional, habló desde una perspectiva intergubernamental, no comunitaria. Ambos tuvieron un objetivo claro: influir en el debate político que se desarrolla en Alemania, donde la Unión Demócrata Cristiana (CDU) de la canciller Ángela Merkel está tratando de formar un nuevo gobierno de coalición. Muchos observadores tenían la esperanza de que la reciente elección federal alemana abriera una “ventana de oportunidad” para la implementación de reformas paneuropeas. Pero comienza a parecer que la ventana se cerró. Merkel siempre se manejó como si su principal objetivo fuera la reelección. Y como la CDU prefiere ser la fuerza dominante del gobierno, y de ser posible, gobernar sin socios de coalición, siempre trató de obtener la mayoría convocando a los votantes alemanes del centro del espectro político. Merkel tiene un agudo sentido de dónde está el centro, y cómo y cuándo puede desplazarse. Por tanto, es común que adopte ideas de sus competidores. Así, la CDU y su principal competidor, el SPD - Partido Socialdemócrata, cada vez son más indistinguibles. En la última elección la CDU y el SPD perdieron apoyo y Merkel tendrá que formar coalición con otros partidos (como FDP). Pero ningún partido tradicional alemán (tampoco el de Merkel) aceptaría gobernar con Alternativa para Alemania (AfD), partido ultraderechista y antieuropeísta que obtuvo 13 % de los votos. Una de las consignas de la plataforma del FDP para la última elección fue la oposición a todo otorgamiento de capacidades fiscales a la UE, un mecanismo para reestructuración de deudas soberanas que obligue a los acreedores a responsabilizarse por sus decisiones, y que los Estados miembros demasiado endeudados dejen por un tiempo de usar la moneda común; esto puede complicar aún más los intentos de reforma de la eurozona. El diseño real de un futuro presupuesto y los tipos de gasto que incluiría siguen en la nebulosa, lo mismo el proceso de rendición de cuentas y legitimación democrática del ministro de finanzas de la eurozona, con el grado de soberanía nacional que se perdería en nombre de la capacidad fiscal compartida. Merkel, para unirse al proyecto europeo de Macron, debería asumir un papel totalmente nuevo y exponerse a riesgos políticos sustanciales. Alemania tendría que tomar la iniciativa: en vez de rechazar propuestas, ofrecer las propias. Mal puede esperarse esa conducta de un gobierno que, supeditado al votante alemán medio, preferirá ir a lo seguro. El centro político alemán se ha ido corriendo, y apunta en una dirección distinta a la de Juncker y Macron. De modo que el diseño institucional de la eurozona probablemente seguirá incompleto.

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