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Pseudo
Después del proverbial ¿cómo estás?, la pregunta más popular del mundo era antes ¿qué hora es? ...pero ya ninguna se escucha en la calle. Como hay más aparatos que personas, basta ver el ‘cel’ para saber la hora. Ante un ¿cómo estás? -los ‘emojis’ y diccionarios apelan más al reflejo que a una respuesta autónoma.
Y la pregunta más de moda es la que mecánicamente respondemos con un clic para bajar una aplicación: -¿Acepta usted los términos del servicio? Todos los hemos visto pero nadie los ha leído. Con el botón de “aceptar” junto al ‘link’ que resume los “términos y condiciones”, la que otrora fue pregunta escapa ahora del ámbito consensual, por no acompañarse ya siquiera de signos de interrogación.
Aunque algunos expertos consideran esto la cúspide tecnológica del derecho de contratos, un creciente cuerpo académico y algunos jueces opinan lo contrario. Y la diferencia esencial con un contrato es que ni siquiera entendemos su idioma. No hay contexto ni términos comunes, ergo tampoco consentimiento real, ¿o alguien entendería las 35 páginas del “contrato” de iTunes para escuchar una canción de 99 centavos? Ni para qué.
Cuando la democracia parió sus primeras constituciones y leyes pasó algo similar: fue gracias al formalista concepto del Estado de derecho que empezamos a aceptar -solo con el voto- someternos pasivamente a los arbitrios de unos pocos magistrados.
Arropado en un pseudocontrato que nadie entiende y menos acepta (salvo el gremio abogadil), evolucionó el Estado moderno. Así persiste el “contrato social” en el que se edifica el derecho publico. Pero hasta hace pocas décadas los contratos entre privados seguían siendo acuerdos expresos, libres y voluntarios, basados en términos y contexto común, entre personas capaces.
Los pseudocontratos (Kar & Rading) del mercado tecnológico amplían al mundo privado la sumisión implícita antes exclusiva de la relación ciudadano-Estado.
Ojalá pronto veamos más opiniones sobre esto, no sea que el último reducto de la voluntad privada pase también, ante nuestra complacencia, a un novel régimen de sumisión.