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La promesa de un “regrexit”
Hasta que el pueblo del Reino Unido votó por la salida de la Unión Europea, la crisis de refugiados era el principal problema al que se enfrentaba Europa y fue un factor crucial de la calamidad mayor, el “brexit”. La mañana después del referendo, la desintegración de la UE parecía prácticamente inevitable. Diversas crisis en formación en otros países de la UE (especialmente Italia) profundizaban el pronóstico aciago para su supervivencia, pero ahora que comienza a amainar la conmoción inicial, muchos votantes británicos empiezan a arrepentirse de su decisión. La libra se derrumbó; es muy probable la celebración de otro referendo en Escocia; los que antes lideraron la campaña “pro-brexit” se han lanzado a destruirse en una guerra fratricida; y algunos de sus seguidores comenzaron a vislumbrar el ominoso futuro que les espera, como país y personalmente. Una señal de este giro de la opinión pública es el lanzamiento de una campaña (que ya cuenta con más de cuatro millones de firmas) para peticionar al Parlamento la celebración de un segundo referendo. La respuesta espontánea que produjo es una sorpresa positiva. Se han movilizado personas de ambos bandos (y lo más importante, algunas que ni siquiera votaron en el referendo, particularmente jóvenes de menos de 35 años). Es la clase de participación de base que la UE nunca pudo generar. La conmoción posterior al referendo dejó a la vista del pueblo británico lo que perderá abandonando la UE. Si este sentimiento se extiende al resto de Europa, lo que parecía la desintegración inevitable de la UE puede ser en cambio motor de una Europa mejor y más fuerte. El próximo punto candente es Italia, que se enfrenta a una crisis bancaria y a un referendo en octubre. El primer ministro Matteo Renzi necesita ayuda de las autoridades europeas, pero estas son demasiado lentas e inflexibles. Los líderes europeos deben reconocer que la UE está al borde del colapso. En vez de culparse unos a otros, deben ponerse de acuerdo y adoptar medidas excepcionales. En primer lugar hay que trazar una distinción clara entre pertenencia a la UE y a la eurozona. Si la eurozona desea una integración más estrecha (como debería ser), necesita un presupuesto y un organismo de hacienda propio que actúe como autoridad fiscal a la par de la autoridad monetaria (el Banco Central Europeo). Segundo, la UE debe poner en acción su excelente (y casi no utilizada) capacidad crediticia. Sería irresponsable que los líderes no lo hagan, cuando la existencia misma de la UE está en juego. Tercero, la UE debe fortalecer sus defensas para protegerse de los enemigos externos. Su mayor activo es Ucrania, cuyos ciudadanos están dispuestos a morir en defensa de su país; al defenderse, también defienden a la UE (algo infrecuente en Europa hoy en día). Ucrania tiene la suerte de contar con un Gobierno nuevo, con más determinación y capacidad para implementar las reformas por las que tanto sus ciudadanos como sus amigos externos han estado clamando. Cuarto, hay que revisar totalmente los planes de la UE para el manejo de la crisis de refugiados, ya que son ineficaces por la multitud de equívocos y contradicciones que contienen, están terriblemente mal financiados y usan medidas coercitivas que generan resistencia.
Si los líderes europeos no actúan, los que quieren salvar a la UE para reinventarla deben seguir el ejemplo de los jóvenes activistas británicos: deben hacerse oír.
Project Syndicate