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El Orden Mundial 2.0

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Durante casi cuatro siglos, desde la Paz de Westfalia (1648, fin de la Guerra de los Treinta Años en Europa), el concepto de soberanía -derecho de los países a una existencia independiente y a autonomía- ha sido esencial para el orden internacional. Y con razón: como hemos visto siglo tras siglo, incluido el actual, un mundo en el que las fronteras se violan por la fuerza es un mundo de inestabilidad y conflicto. Pero en uno globalizado, un sistema de funcionamiento global fundado solamente en el respeto de la soberanía -Orden Mundial 1.0- se ha vuelto cada vez más inadecuado. Poco se mantiene en la esfera local. Casi cualquier persona y cosa puede llegar a casi cualquier lugar. Las realidades de hoy exigen actualizar el sistema operativo -un Orden Mundial 2.0- basándose en la “obligación soberana”, la noción de que los Estados soberanos no solo tienen derechos sino también obligaciones hacia los demás. Para ello habrá que contar con un conjunto más amplio de normas y disposiciones, partiendo por una base consensuada sobre qué es lo que define la categoría de Estado. Los gobiernos actuales aceptarían considerar las propuestas de convertirse en Estado solo con una justificación histórica, razones convincentes y apoyo popular, y si la nueva entidad que se propone tiene viabilidad. El nuevo Orden 2.0 también debe contar con prohibiciones a cualquier tipo de apoyo al terrorismo y con normas más estrictas para la proscripción de la propagación o el uso de armas de destrucción masiva. Esto debería convertirse en tema de debate en reuniones bilateral y multilaterales porque centraría la atención en la aplicación de sanciones severas o medidas militares que reducirían las probabilidades de que se produzca la proliferación. Otro elemento esencial del nuevo orden es la cooperación sobre el cambio climático: todos los países están expuestos a sus efectos, independientemente de cuánto incidan en él. Otro objetivo debería ser llegar a acuerdos internacionales que fomenten los usos benignos del ciberespacio y desincentiven los malignos. Los gobiernos tendrían que actuar de manera consistente con este régimen, como parte de sus obligaciones soberanas, o sufrir sanciones o represalias. El ámbito de la salud global presenta un conjunto de retos diferente. En un mundo globalizado, el brote de una enfermedad infecciosa en un país puede convertirse rápidamente en amenaza grave a la salud en otras regiones. Los países tienen la responsabilidad de intentar detectar brotes de enfermedades infecciosas, responder de manera correspondiente y avisar a otros países del mundo. En cuanto a los refugiados, nada puede reemplazar las acciones locales eficaces para prevenir situaciones que generan grandes flujos migratorios, pero hay buenas razones para elevar la financiación para los refugiados, asegurando un trato humanitario y fijando cupos justos para su reasentamiento. También es necesario definir obligaciones soberanas adecuadas para futuros pactos comerciales y crear mecanismos de rendición de cuentas de los gobiernos. Serán necesarias décadas de consultas y negociaciones para establecer las obligaciones soberanas como uno de los pilares del orden internacional, e incluso entonces su aceptación e impacto serán desiguales. Los avances ocurrirán solo de manera voluntaria, más que de disposiciones verticalistas. Hoy es el momento de dar inicio a las conversaciones. La globalización ha llegado para quedarse. Un Orden Mundial 2.0 que se cimente en ella es un proyecto ambicioso, pero que nace del realismo.

Project Syndicate

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