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Nace una estrella
Una helada ráfaga de sorpresa se abatió sobre el estadio Atahualpa. Por un momento, los que estábamos en él dejamos de respirar. Fue cuando Billy Arce sacó una gambeta terrible y grandiosa, el central Cangá quedó de espaldas al fútbol, Viteri en el piso, bajo la mirada aturdida de 8.000 espectadores. El balón entró lentamente y de costado, tardó un interminable segundo hasta tocar la red. Fue sublime. Fue conmovedor. Billy Arce levantó los brazos y acarició la gloria primero y luego la guardó para siempre en su memoria y en la de todos los que lo vimos.
Muy cerca del dolorido silencio de la hinchada de Liga de Quito, surgió una ovación de los aficionados de Independiente. Lo de Arce fue dirigido al intelecto del espectador. Se sintió en las venas, vibración que producen los elegidos, los que nacieron con un magnetismo delirante que se transmite de la cancha a las tribunas y vuelve a la cancha multiplicado en millón de ecos que testimonian una entrega incondicional. Después Mera lo buscó a Billy Arce con sentido de la oportunidad. Esto es: sin presionarlo con balones comprometidos, tratando de entregársela de modo que el conductor pueda controlarla, elegir, resolver y ejecutar la maniobra perfecta en menos tiempo que el que necesita cualquier buen jugador. Un fantasma helado y gris aturdió a Olivera que sometió a Billy Arce fuera del área y el juez lo cobró adentro, sin querer herir a la justicia. Estrada, implacable y certero, se encargó de convertir el tiro de castigo para el 2-1.
El fantasma de la derrota, soplado por el viento que venía del Valle, acarició el rostro de todos los albos, mientras la gloria palmeó la espalda de Billy Arce. Detrás de su gran habilidad, de su prodigiosa inventiva, de sus facultades creadoras, hay un wing goleador por insistencia y por instinto. Nieto de Dudar Mina tiene sangre y estilo de campeón.