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Estambul intenta salvar emblemático edificio

Esta es una de las mayores estructuras de madera de Europa, pero cada día se deteriora más. Se requieren 40 millones de dólares

Estambul
Cinco y hasta seis plantas de altura de un edificio de madera, que poco a poco se ha ido deteriorando. EFE/ Ilya U. TopperEFE

Cinco y hasta seis plantas de altura, un área de 20.000 metros cuadrados, 206 habitaciones... El antiguo orfanato griego de la isla de Büyükada en Estambul es el mayor edificio de madera de Europa, pero se está desmoronando. Salvar el emblemático inmueble, construido en 1898 y único en su tamaño y estilo, se ha convertido en una carrera contra el tiempo.

Harían falta unos 40 millones de euros (unos 47 millones de dólares), estima Laki Vingas, coordinador del proyecto de restauración. Sin embargo, esta suma supera las posibilidades del Patriarcado ortodoxo, dueño del edificio, y de la antaño influyente comunidad griega de la ciudad, que hoy apenas supera las dos mil almas.

“El orfanato griego de Büyükada es un patrimonio de todo Estambul, no solo de la comunidad griega, y queremos que inspire a la gente mediante la transformación que planteamos”, asegura en conversación con Vingas, él mismo griego nativo de Estambul.

El coordinador se da un plazo de “dos o tres meses” para presentar un plan definitivo que permita buscar financiador y acometer la titánica tarea.

“La restauración no es algo especialmente difícil. El reto es más que nada el tamaño del edificio que, aparte, tiene un valor simbólico”, explica Burçin Altinsay, directora de la sección turca de Europa Nostra, una organización dedicada al patrimonio europeo, que colocó el orfanato en 2018 en su lista anual de los 7 edificios más amenazados de Europa.

No es para menos: aunque las paredes, íntegramente de madera, se mantienen aún en pie, el techo ha colapsado en grandes partes, no queda ni una ventana entera y los pisos superiores se adivinan muy deteriorados.

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“Pero debemos diseñar varios niveles de conservación arquitectónica: en algunas secciones únicas podemos mantener y proteger los materiales originales tal y como están, quizás de forma visible, y en otras podemos reintegrar o añadir secciones nuevas para adaptar el edificio a un nuevo uso”, dice Altinsay.

Construido en 1898 por el arquitecto levantino Alexandre Vallaury por cuenta de la Compagnie Internationale de Wagons-Lits, la empresa francesa que gestionaba el Orient Express, el edificio se diseñó como un hotel de lujo con casino, pero no llegó a inaugurarse porque el sultán otomano denegó el permiso para abrir una sala de juegos.

En 1903, Eleni Zarifi, esposa de un banquero griego, compró el inmueble y lo donó al Patriarcado para que lo usara como orfanato, función que cumplió con algunas interrupciones hasta 1964.

En total, entre 5.000 y 6.000 niños griegos, tanto chicos como chicas, pasaron por esta institución a lo largo de las décadas.

No todos eran huérfanos; también hubo familias que dejaron allí de forma temporal a sus hijos si no podían ocuparse de ellos, y en verano, el edificio y su jardín funcionaban como campamento infantil, explica Vingas, que aún conoce a alguna señora que pasó su infancia allí y guarda “buenos recuerdos” del lugar.

En 1964, “uno de los momentos más oscuros en la historia de la comunidad griega”, las autoridades turcas decretaron medidas que llevaron a la expulsión de decenas de miles de griegos y cerraron el orfanato, alegando condiciones de riesgo.

“Seguro que no estaba en perfecto estado, pero ¿por qué no tomaron ni una sola medida de protección? Era por motivos políticos, nadie cuestiona eso hoy”, explica Vingas.

Desde entonces, nadie ha tocado el edificio. El Gobierno lo expropió más tarde, pero en 2010, tras un juicio que duró años y llegó hasta el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, devolvió la propiedad al Patriarcado ortodoxo.